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El Bebé: ¿Carga o Víctima del Capitalismo?

10/05/2026

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La idea de que un bebé, el símbolo más puro de la vida y el futuro, pueda ser considerado una “carga” es, en sí misma, una paradoja dolorosa. Sin embargo, para millones de padres y madres trabajadoras en el mundo, esta percepción es una cruda realidad cotidiana. Este artículo busca desentrañar las raíces de esta contradicción, argumentando que no es el infante en sí quien representa un peso, sino las condiciones socioeconómicas impuestas por el sistema capitalista, que privatizan el cuidado, precarizan la vida y transforman la alegría de la crianza en una lucha constante por la supervivencia.

¿Por qué un bebé es una carga?
En el capitalismo un bebé es una carga pues no produce plusvalía. Una madre que amamanta es un estorbo molesto para su explotación, y la madre —sobre todo donde no existen guarderías públicas— puede ver al infante como un estorbo molesto para ganarse la vida.
Índice de Contenido

La Maternidad como Cuestión de Clase: Un Desafío Cotidiano

En el corazón de la cuestión se encuentra la innegable verdad de que la maternidad, y la paternidad, son profundamente moldeadas por la clase social. Los padres trabajadores, la inmensa mayoría de la población, se enfrentan a un panorama de recursos limitados y alternativas escasas. A diferencia de la burguesía, que puede delegar el cuidado de sus hijos en 'nannys' y servicios privados, las familias proletarias dependen casi exclusivamente de servicios públicos que, lejos de ser robustos, se encuentran en un proceso constante de desmantelamiento. Guarderías saturadas, escuelas con infraestructura deficiente y sistemas de salud colapsados son la norma, no la excepción.

La lucha diaria por proveer lo básico—ropa, alimento nutritivo, juguetes educativos, pañales de calidad—se convierte en una odisea. La falta de recursos obliga a compromisos que afectan directamente el bienestar de los hijos. Estas “minucias”, que para la burguesía son invisibles, representan para la clase trabajadora una fuente inagotable de estrés y privaciones. La madre trabajadora, el padre trabajador, se ven atrapados en una espiral de exceso de trabajo y opresión, donde el hogar se convierte en un segundo turno agotador. Esta realidad, lejos de ser un asunto individual, es un síntoma de la crisis de la familia tradicional bajo el capitalismo, una crisis que los marxistas buscamos resolver a través de la defensa y expansión de los servicios públicos, como parte de la lucha por socializar el trabajo doméstico y el cuidado infantil.

Crianza Colectiva vs. Familia Monogámica: Un Vistazo al Pasado

Fourier, un pensador adelantado a su tiempo, afirmó que la salud de una sociedad podía medirse por el trato que se les brindaba a las mujeres y a los niños. Si observamos la historia de la humanidad, la forma en que la crianza se ha desarrollado dentro de la familia monogámica y machista, con su carga abrumadora de tareas domésticas y de cuidado sobre las mujeres, parece una anomalía. Antes del surgimiento de la propiedad privada, las clases sociales y el Estado, la familia nuclear tal como la conocemos no existía. Las tareas de crianza eran afrontadas de manera radicalmente diferente: la tribu era el marco fundamental de la crianza colectiva de los niños.

La opresión de género, lejos de ser natural o eterna, emergió como una sombra de la opresión de clase. La maternidad, bajo el velo de un romanticismo idealizado, se cargó de prejuicios que la convirtieron en una pesada losa para la mujer trabajadora. Este concepto no es una categoría fija, sino una construcción histórica que ha mutado con la sociedad y sus clases. Comprender esto es crucial para entender por qué la crianza se ha vuelto tan gravosa en la actualidad.

El Rol de la Mujer en las Sociedades del Comunismo Primitivo

En las sociedades del comunismo primitivo —cazadores-recolectores o pequeños agricultores—, las relaciones entre hombres y mujeres eran igualitarias, sin distinciones de clase y con un notable equilibrio de género. Ambos sexos desempeñaban un papel fundamental en la producción y supervivencia del clan. Las mujeres como recolectoras, los varones como cazadores; una división del trabajo que no implicaba opresión de género. La recolección, una actividad económica vital y más segura que la caza, equilibraba la balanza en la economía primitiva.

El involucramiento de los hombres en el cuidado de los niños era significativamente mayor que en cualquier otra sociedad posterior. Los pigmeos Aka, por ejemplo, son un testimonio de esta participación paterna. Además, los patrones de filiación matrilineales y de localidad matrilocales realzaban el papel de la mujer como símbolo de fertilidad y sustento. Las “Venus primitivas”, con sus mamas y vulvas exageradas, expresaban este rol vital, manifestando la veneración por la mujer como dadora de vida y alimento, inspirando las primeras deidades femeninas. En este contexto de equilibrio e igualitarismo económico, las tareas de cuidado infantil se resolvían de forma colectiva; el clan o la tribu, no la familia nuclear, era la célula fundamental de la sociedad.

La Crianza Colectiva en Detalle: Un Modelo de Solidaridad

Los lazos clánicos del comunismo primitivo fomentaban patrones de solidaridad y conducta que son ajenos a la familia nuclear moderna. Un estudio con los pigmeos Efe reveló que las madres rara vez eran las primeras en cuidar a sus hijos; otros miembros del clan asumían esta responsabilidad, y los niños de cuatro meses pasaban solo el 40% de su tiempo con sus madres, siendo transferidos a otros cuidadores múltiples veces por hora. Un promedio de 14.2 personas diferentes contribuían a la crianza de un niño en un periodo de ocho horas. Este patrón de cuidado difuso es común entre los pueblos cazadores-recolectores, donde la responsabilidad de los niños se extiende mucho más allá de los padres biológicos.

Los niños en estas sociedades gozaban de una libertad y autonomía asombrosas. Eran libres de deambular por la aldea, sabiendo que estaban relacionados con todos y que todos eran responsables de su cuidado y protección. Esto resultaba en una riqueza de interacciones sociales y una seguridad emocional envidiable. Como Jared Diamond señala, la gente de estas sociedades muestra una “seguridad emocional, confianza en sí mismos, curiosidad y autonomía” desde la niñez. La educación no se basaba en la coerción; los cazadores-recolectores eran “ferozmente igualitarios” y no obligaban a nadie, ni siquiera a un niño, a hacer nada. El aprendizaje surgía de la interacción social y la observación. Los juegos infantiles, lejos de la competencia individualista capitalista, reflejaban una profunda solidaridad, como el famoso ejemplo de los niños africanos que corrieron juntos para compartir una canasta de frutas, porque “¿cómo uno de nosotros podría estar feliz si todos los demás están tristes?”.

Parto, Lactancia y Porteo: Contrastes Vitales en la Crianza

Las sociedades primitivas, aunque con bases técnicas rudimentarias, ofrecían un enfoque de la crianza radicalmente diferente al capitalismo. Las mujeres daban a luz acompañadas, a menudo en un evento público, aunque la mortalidad materno-infantil era alta. En contraste con la tiranía del reloj en las sociedades modernas, el bebé en las sociedades cazadoras-recolectoras gozaba de lactancia a libre demanda. Un bebé !Kung, por ejemplo, mamaba un promedio de cuatro veces cada hora durante el día, prolongándose la lactancia hasta los cuatro años o más, sin que esto fuera visto como anormal.

Aquí es donde la noción de “carga” se hace evidente en el capitalismo: un bebé no produce plusvalía. Una madre que amamanta es un “estorbo molesto” para la explotación de su fuerza de trabajo. Por ello, se promueven horarios fijos de amamantamiento y la interrupción forzosa del colecho, forzando la separación prematura de madre e hijo en beneficio del mercado laboral. Los cazadores-recolectores, libres de esta compulsión, usaban la lactancia prolongada no solo por sus beneficios nutricionales (muy superiores a las fórmulas lácteas, que no logran emular la complejidad de la leche materna), sino también como método natural de anticoncepción.

El porteo también revela la hostilidad capitalista hacia la infancia. En las tribus primitivas, los bebés eran llevados en brazos, mirando el mundo desde la perspectiva del adulto, en contacto físico constante. Las sociedades capitalistas, en cambio, promovieron por mucho tiempo que los bebés miraran hacia atrás en carritos, separados. Es como si el sistema negara constantemente la humanidad de los infantes, subrayando la necesidad de la separación, de apresurar y forzar los procesos, porque los bebés son vistos como una carga que debe ser superada para que se conviertan en fuerza de trabajo productiva.

La respuesta inmediata al llanto en el comunismo primitivo no creaba niños “malcriados”, sino infantes con gran seguridad emocional. Los adultos, con jornadas de trabajo más cortas, no estaban neuróticos. En nuestras sociedades, el llanto de un niño se suma a un día agotador de trabajo enajenado, exacerbando la intolerancia a los procesos naturales de desarrollo infantil, debido a la falta de tiempo, energía y acceso a la salud mental.

A continuación, una tabla comparativa de los modelos de crianza:

AspectoSociedades del Comunismo PrimitivoSociedad Capitalista
CrianzaColectiva, responsabilidad del clan/tribu.Individual, responsabilidad principal de la familia nuclear (madre).
Participación PaternaMuy alta, involucramiento directo en el cuidado.Generalmente baja, limitada por horarios laborales y roles de género.
LactanciaA libre demanda, prolongada (hasta 4-7 años).Horarios fijos, promoción de fórmulas, interrupción temprana.
PartoAcompañado, a menudo público, posiciones verticales.Hospitalario, “cadena de montaje”, posición supina impuesta.
Autonomía InfantilAlta seguridad emocional, autonomía temprana, educación no coercitiva.Menor seguridad emocional, dependencia, educación formal y coercitiva.
Percepción del NiñoMiembro integral y cuidado de la comunidad.Futura fuerza de trabajo, “carga” económica y de tiempo.

Género, Crianza y Clases Sociales: El Surgimiento de la Opresión

Engels señaló que el surgimiento de la propiedad privada fue la “gran derrota histórica del género femenino”. Con el excedente de producción, la importancia económica de los rebaños y el aumento de la guerra, la mujer fue relegada de su pedestal de respeto. Su rol se redujo a garantizar la herencia y a las tareas domésticas. No es casual que “famulus” en latín signifique esclavo o sirviente, y “cónyuge” provenga del yugo impuesto a los esclavos. La familia, tal como la conocemos, nació junto a la esclavitud, imponiendo a la mujer la losa de la esclavitud doméstica y convirtiendo a los niños en sujetos testamentarios o simple fuerza de trabajo.

La agricultura y la ganadería trajeron alternativas a la leche materna, adelantando el destete debido a presiones económicas. El trabajo agrícola intensivo no era compatible con el porteo y la lactancia prolongada. Paradójicamente, el crecimiento poblacional y el surgimiento de las sociedades estatales no mejoraron el nivel de vida de la mayoría; solo la naciente clase dominante se benefició cualitativamente. La guerra permanente y la lucha de clases normalizaron la violencia, contribuyendo a centrar el poder en el varón propietario y relegando aún más a las mujeres y, consecuentemente, a los niños. El castigo físico se hizo costumbre, y la familia se convirtió en una “miniatura de todos los antagonismos que se despliegan posteriormente en la sociedad y su Estado”.

La Esclavitud Doméstica bajo el Capitalismo

El capitalismo perpetúa y refuerza la esclavitud doméstica al retirar todo respaldo social a la mujer. Las conquistas sociales, como guarderías o servicios de salud, son arrancadas a la fuerza por la lucha de los trabajadores, pero luego se erosionan dentro del marco capitalista. La opresión de género es funcional al sistema, ya que carga sobre el salario el costo de la reproducción de la fuerza de trabajo, eliminando o reduciendo los servicios estatales. En este contexto, la maternidad degenera en una labor socialmente degradada, llena de penas y dificultades para la mujer trabajadora, con una alarmante falta de apoyos materiales, emocionales y psicológicos para padres e hijos.

¿Cómo puedo integrar a mi recién nacido en la póliza?
Finalmente, el Seguro Popular invitó a las mamás afiliadas a integrar a su recién nacido en la póliza, para que pueda ser atendido dentro del programa Seguro Médico Siglo XXI y beneficiarse con la cobertura universal hasta los 5 años; trámite que pueden realizar mediante los gestores, ubicados en las unidades hospitalarias.

Con la revolución industrial, el trabajo doméstico de la mujer y el niño fue el primer grito de la aplicación capitalista de la maquinaria. Esta, diseñada para eliminar trabajo, se convirtió en un medio para multiplicar el número de asalariados, sometiendo a toda la familia obrera al capital. Los trabajos forzados invadieron no solo los espacios de juego infantil, sino también la esfera doméstica, rompiendo barreras morales e invadiendo incluso el hogar.

Lactancia Artificial y Parto en el Capitalismo

El siglo XX vio la masiva integración de mujeres a la industria, lo que impulsó un mercado de productos para adelantar el destete y sustituir la leche materna. La fórmula láctea y las papillas Gerber se introdujeron con mercadotecnia agresiva, bajo la falsa promesa de “liberar” a la mujer del amamantamiento, solo para encadenarla al yugo del burgués. Esto condujo a epidemias de obesidad infantil y malnutrición, ya que las fórmulas nunca pudieron igualar el valor nutricional de la leche materna, un organismo vivo que se adapta dinámicamente a las necesidades del lactante. Las campañas actuales de promoción de la lactancia materna son a menudo hipócritas, pues responsabilizan a las mujeres individualmente sin ofrecer alternativas reales para las madres trabajadoras.

El parto en la sociedad capitalista, especialmente en los sistemas de salud públicos desmantelados, se asemeja a una cadena de montaje. Mujeres parturientas son dispuestas en hileras, inyectadas sin necesidad, violentadas con tactos innecesarios, usadas como maniquíes o víctimas de cesáreas sin consentimiento. La posición supina, o en semicúbito, se impuso no por el bienestar de la madre o el bebé, sino para facilitar las maniobras médicas y el uso de instrumentos como el fórceps, que se volvió popular en el siglo XVII. Aunque la OMS recomienda que la mujer decida su posición, en el sector público sigue imperando la producción en serie, mostrando la deshumanización que el sistema ejerce sobre las madres y los recién nacidos.

Aborto y Capitalismo: Una Cuestión de Acceso

En sociedades donde no existen métodos anticonceptivos eficaces, la maternidad se impone. Pero incluso hoy, donde el capitalismo ofrece una variedad de métodos, el mercado no garantiza accesibilidad para la mayoría. Las mercancías no satisfacen necesidades, sino que buscan ganancias. La desigualdad de clase, la poca inversión en salud y educación, y el peso de prejuicios religiosos influyen enormemente en la supuesta “planificación familiar”, que sin una economía planificada, es un privilegio estrecho. Es una vergüenza que solo el 36% de las mujeres en el mundo vivan en países donde el aborto es un derecho a solicitud.

La Revolución rusa, en contraste, fue pionera al otorgar el derecho al aborto por primera vez en la historia, eliminando el concepto de hijos ilegítimos y facilitando el divorcio. Aunque la contrarrevolución estalinista revirtió muchas de estas conquistas, la economía planificada permitió que, a mediados de los cincuenta, un 74% de las mujeres participaran en la fuerza laboral, con jubilación a los 55, reducción de jornada para embarazadas y baja mortalidad infantil. Esto demuestra que la verdadera emancipación de la mujer, como escribió Engels, solo es posible cuando se integra plenamente al trabajo productivo social, liberándola del trabajo privado doméstico.

Violencia contra Mujeres y Niños: La Realidad Capitalista y la Salida Socialista

En una sociedad que emana frustración, rencor y odio, es más fácil descargar estas emociones en los más vulnerables. La imposibilidad de confrontar a un “superior” en el trabajo lleva a que la ira se desahogue en menores de edad o dependientes económicos. Una sociedad que idolatra el poder del dinero y mercantiliza la fuerza de trabajo, también victimizará y comercializará a los más indefensos. Por eso, en un sistema decadente, los niños y las mujeres esclavizadas en el hogar son las primeras víctimas de la barbarie, vistos como objetos, propiedades, o “peras de boxeo” para desahogar la ira. La alarmante cifra de muertes por violencia contra mujeres y niños en países como México es un reflejo de cómo la sociedad trata a sus miembros más vulnerables.

Fourier vaticinó que el comunismo garantizaría la emancipación de la mujer, la desaparición de la familia burguesa y la educación colectiva de los niños. Lenin sostuvo que la verdadera emancipación de la mujer y el auténtico comunismo no comenzarían hasta que se emprendiera una lucha masiva contra las obligaciones domésticas, transformando esta vida en una gran empresa socialista. Mientras algunas feministas proponen el salario para las amas de casa, los marxistas abogamos por extinguir la familia burguesa a través de la socialización máxima de las tareas del hogar. Solo así hombres y mujeres podrán dedicarse de forma multidimensional a la vida productiva, política y cultural.

Los cimientos materiales para una verdadera equidad de género pasan por socializar el trabajo doméstico, algo imposible bajo el capitalismo. El sistema es hostil a los niños, a la lactancia y a la crianza en general. Con una economía planificada bajo control democrático de los trabajadores, la producción se gestionará en beneficio de la población, impulsando un sistema integral de guarderías, lavanderías, casas cuna, casas para ancianos y comedores públicos. Aunque una auténtica liberación de las mujeres y una sociedad digna para los niños solo son posibles eliminando el capitalismo, la lucha por una sociedad mejor pasa por conquistar reformas favorables a las mujeres de la clase trabajadora y a nuestros hijos aquí y ahora. Los marxistas no postergamos la justicia; luchamos contra la opresión para que nuestra clase cobre conciencia de su tarea histórica.

Preguntas Frecuentes sobre la Crianza y la Sociedad

A continuación, respondemos algunas preguntas clave que surgen de este análisis:

¿Es la maternidad una cuestión biológica o social?

Aunque la capacidad biológica de dar a luz es inherente a las mujeres, la forma en que se experimenta y se valora la maternidad es profundamente social e histórica. Como hemos visto, las expectativas, responsabilidades y recursos asociados a la maternidad han cambiado drásticamente a lo largo de la historia, influenciados por las estructuras de clase y la propiedad privada.

¿Por qué se dice que un bebé es una “carga” en el capitalismo?

En el capitalismo, un bebé no es una “carga” en sí mismo, sino que se convierte en una debido a la lógica del sistema. No produce plusvalía, y su cuidado implica una inversión de tiempo y recursos que no genera ganancia económica directa. Además, el sistema privatiza el cuidado infantil, dejándolo recaer principalmente en la mujer sin apoyo social adecuado, lo que limita su capacidad de participar plenamente en el mercado laboral y suprime su desarrollo personal.

¿Cómo se criaban los niños en las sociedades primitivas?

En las sociedades del comunismo primitivo, la crianza era colectiva. Los niños eran cuidados por múltiples miembros del clan o la tribu, no solo por sus padres biológicos. Esto fomentaba una gran seguridad emocional, autonomía y una rica interacción social, donde el aprendizaje se daba de manera informal y no coercitiva. La división del trabajo no implicaba opresión de género, y la participación paterna era significativamente mayor.

¿Qué papel juega el socialismo en la crianza de los hijos?

El socialismo busca socializar el trabajo doméstico y el cuidado infantil, liberando a las mujeres de la esclavitud del hogar. Propone una economía planificada que garantice un sistema integral de guarderías públicas, comedores, lavanderías y servicios de salud accesibles para todos. En este sistema, la crianza sería una responsabilidad y un placer colectivo, no una carga individual, y la maternidad sería una decisión libre y apoyada, no una imposición.

¿La socialización del trabajo doméstico significa la desaparición de la privacidad?

No, la socialización del trabajo doméstico en el socialismo moderno no implica la desaparición de la privacidad. Aunque las sociedades primitivas carecían de la noción de espacio privado, el socialismo moderno pretende socializar los medios de producción para asegurar un creciente acceso universal a los medios de consumo. Esto significa que la necesidad subjetiva de tener un espacio íntimo no solo no desaparecerá, sino que será el polo opuesto y necesario de la producción colectiva de medios de consumo accesibles para todos, garantizando un equilibrio entre la vida comunal y la esfera personal.

La lucha por el socialismo es inseparable de la lucha contra toda injusticia y opresión. Por ello, la clase obrera y el pueblo deben levantar demandas transicionales como guarderías públicas y dignas, horarios para lactancia dentro de la jornada laboral, y permisos de maternidad extensivos a toda la clase trabajadora. Solo a través de esta lucha viva, los trabajadores llegaremos a la conclusión de que el capitalismo en sí es el problema y el socialismo la alternativa.

El socialismo será, de cierta forma, un retorno a la socialización de la vida doméstica de las sociedades del comunismo primitivo, pero a un nivel infinitamente superior en cuanto a técnica, conocimientos y población. Hombres y mujeres tendrán derecho a incapacidad por maternidad/paternidad antes y después del parto para ejercer su derecho a ser padres y vincularse con los hijos y como pareja nueva. Los hijos no estarán ligados a sus padres más que por lazos de afecto, el dinero y el interés ya no jugarán ningún papel en controlar a las personas. Las madres que no puedan o decidan no amamantar tendrán a su disposición bancos de leche y contarán con toda clase de apoyos sociales, médicos y psicológicos. Ser madre será una decisión y nunca más una imposición, pues el aborto será legal y gratuito; la mujer decidirá cómo y dónde dar a luz, respetando sus procesos y a través de decisiones informadas.

La opresión de género, el abuso a todos los niveles de los niños, y la existencia de la familia burguesa son fenómenos tan bárbaros y antinaturales como lo es la propiedad privada de los medios de producción. Terminamos con las palabras de Engels respecto al futuro socialista de la humanidad y la familia:

“Pero: ¿Qué vendrá después? Eso se decidirá cuando haya crecido una nueva generación que en su vida se haya encontrado en el caso de comprar a costa de dinero, ni con ayuda de ninguna otra fuerza social, el abandono de una mujer; y una generación de mujeres que nunca se hayan visto en el caso de entregarse a un hombre en virtud de otras consideraciones que el amor real, ni de rehusar entregarse a su amante por miedo a las consecuencias económicas de este abandono. Y cuando hayan venido esas gentes, se burlarán de cuanto se hubiese pensado acerca de lo que habrían de hacer; se dictarán a sí mismos su propia conducta, y crearán una opinión pública de acuerdo a ella para juzgar la conducta de cada uno —¡Y todo quedará dicho—.”

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