Ángel, el Policía Marcado por los Disturbios de 2019

12/08/2024

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En el silencio de su hogar en Lugo, lejos del bullicio de la ciudad que una vez fue su campo de batalla, Ángel convive con las secuelas de una noche que le arrebató su sueño y su futuro. Un adoquín, lanzado con furia ciega, no solo le destrozó el brazo, sino que también fracturó la vida de un hombre que juró proteger. Hoy, cuatro años después, esa herida física, una cicatriz de 15 centímetros y otra de tres en su brazo derecho, es un recordatorio constante de una realidad innegable, una que ninguna ley o decreto puede borrar. Es la historia de un exagente de la Policía Nacional, de 47 años, cuya vocación fue truncada por la violencia, y que ahora observa con indignación cómo se plantea una amnistía que, para él, significaría el olvido de un sacrificio que le costó todo.

¿Qué le pasó a Ángel uniformado de Policía Nacional?
Ángel uniformado de Policía Nacional y la herida en su brazo. EL ESPAÑOL Un agente que tuvo que jubilarse tras los disturbios en Cataluña relata su calvario a EL ESPAÑOL mientras se negocia con Puigdemont la amnistía. Ángel tiene desde hace cuatro años una cicatriz de 15 centímetros en el brazo derecho. También otra de tres.

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El Impacto de una Noche de Fuego y Furia

Era octubre de 2019, y Barcelona ardía. Los disturbios posteriores a la sentencia del procés habían transformado la Plaza de Urquinaona en un escenario apocalíptico de caos y destrucción. Ángel, con la experiencia de sus años como antidisturbios desde 2010, se encontraba en medio de la vorágine, formando parte de una unidad que intentaba contener la marea de violencia desatada por los Comités de Defensa de la República (CDR). Cascotes, cócteles molotov, frascos con líquidos corrosivos, vallas y toda clase de objetos llovían sobre los agentes. “Era una situación apocalíptica”, recuerda Ángel, con la voz temblorosa, reviviendo el olor a humo y la sensación de una guerra urbana.

En torno a las nueve y media de la noche, mientras recargaba su escopeta con munición de pelotas de goma para repeler a los manifestantes, sintió un impacto brutal en su brazo derecho. Un adoquín, lanzado desde la azotea de un edificio, se estrelló contra él. “Por muy poco no me dio en la cabeza”, relata, consciente de la delgada línea que separó la vida de la tragedia absoluta. Sus compañeros, en medio del infierno que se vivía en Urquinaona, lo sacaron de allí, llevándolo a la Jefatura Superior de Policía de Vía Laietana, ya que las ambulancias no podían acceder a la zona. Al rasgarle la manga de la camisa, la cruda realidad se hizo visible: una fractura expuesta, el hueso sobresaliendo de la carne. La noche apenas comenzaba y el horror continuaba, con la llegada de Iván, otro compañero gravemente herido, con el casco partido y la cabeza destrozada por otro adoquín.

Solo en la habitación del hospital, la adrenalina y el shock se manifestaron en un sudor frío que empapaba las sábanas. La sensación de desasosiego y desamparo era total. La incertidumbre de no saber si alguien iría a rematarlo en su lecho de convalecencia se sumaba al dolor físico. Aquella noche marcó el fin de una etapa y el inicio de un calvario personal.

Las Cicatrices Que No Se Borran: Un Cuerpo y Una Vida Alterados

La herida en el brazo de Ángel no fue una simple fractura. La piedra le arrebató la movilidad y la fuerza, dejando sin nervios su antebrazo. “Ahí ya no tengo sensibilidad”, explica, mientras una sensación continua de hormigueo, “muy desagradable”, le acompaña día y noche, como si su extremidad estuviera perpetuamente dormida. Esa lesión irreversible no solo le impide realizar tareas cotidianas con normalidad, sino que también lo alejó para siempre del uniforme que tanto amaba.

El trabajo con el que siempre había soñado desde pequeño, el que juró en 2008 y lo llevó a convertirse en antidisturbios en 2010, se desvaneció abruptamente. A sus 47 años, Ángel es ahora un exagente más de la Policía Nacional, jubilado por las secuelas de aquel ataque. Regresó a su Burela natal para luego buscar la tranquilidad absoluta en una casa que está rehabilitando frente al mar, en un pueblo cercano. Pero la paz exterior no siempre se traduce en paz interior. “Tampoco puedo hacer mucho. No estoy recuperado todavía, y eso que han pasado cuatro años”, confiesa. Su vida, que antes era de acción y servicio, se ha transformado en una de limitaciones y constante lucha contra el dolor y la frustración.

La Lucha Silenciosa: Estrés Postraumático y Jubilación Forzosa

Más allá de las cicatrices visibles, Ángel carga con heridas invisibles, pero igualmente profundas. Le ha sido diagnosticado un trastorno de estrés postraumático (TEPT), una consecuencia directa de la brutalidad y el horror vividos. El recuerdo de aquellas noches, donde la agresión era desmedida y el odio palpable, lo persigue. “En aquel momento fui consciente de que lo que querían era la vida de un policía”, asegura. La sensación de “parecía la guerra” y el trauma de haber estado tan cerca de la muerte, han dejado una huella imborrable en su psique. Los momentos de conversación en los que su voz se quiebra, se detiene, calla y llora, son testimonio de la agonía emocional que aún padece.

Sobrevive con una pensión por incapacidad que cobra del Ministerio del Interior, resultado de su jubilación forzosa. En 2019, el año en que su carrera policial terminó, Ángel ya había solicitado un cambio de destino para patrullar en Viveiro, Lugo, con la esperanza de estar cerca de su familia y amigos, en el lugar donde se había criado. Solo le quedaba un año para lograrlo, un año que la violencia de los disturbios le arrebató, condenándolo a una vida alejada del servicio activo y marcada por el trauma.

La Amnistía: Una Herida Institucional Abierta

En los últimos días, al encender la televisión y ser testigo del debate sobre una posible amnistía para quienes incendiaron Cataluña, la indignación de Ángel ha resurgido con fuerza. Para él, y para muchos de sus compañeros, la amnistía no es solo un acto político, sino una afrenta directa a su integridad y su sacrificio. “Esas heridas no se pueden borrar. No hay amnistía que borre lo que nos pasó. ¿Qué amnistía me devuelve el brazo, y me lo pone como estaba antes de todo esto? ¿Qué milagros van a hacer? ¿A mí quién me va a arreglar?”, clama con desesperación y frustración.

Colectivos policiales, como el Sindicato Unificado de Policía (SUP), el mayoritario en el Consejo de la Policía Nacional, rechazan la amnistía de manera frontal. “Hemos sido apedreados físicamente y ahora nos apedrean institucionalmente”, denuncian. Argumentan que los agentes pagaron con su integridad física el cumplimiento de las órdenes judiciales dirigidas a restablecer el orden constitucional, y ahora se pretende que todo caiga en el olvido, como si nada hubiera ocurrido. “Lo que nunca podrán borrar es la profesionalidad de los policías que preservaron el Estado de Derecho”, añaden, subrayando la paradoja de que quienes los agredieron puedan ser perdonados, mientras ellos cargan con las consecuencias de por vida.

¿Qué le pasó a Ángel uniformado de Policía Nacional?
Ángel uniformado de Policía Nacional y la herida en su brazo. EL ESPAÑOL Un agente que tuvo que jubilarse tras los disturbios en Cataluña relata su calvario a EL ESPAÑOL mientras se negocia con Puigdemont la amnistía. Ángel tiene desde hace cuatro años una cicatriz de 15 centímetros en el brazo derecho. También otra de tres.

Tabla Comparativa: La Vida de Ángel Antes y Después de Urquinaona

AspectoAntes del Incidente (Octubre 2019)Después del Incidente (Actualidad)
ProfesiónAgente activo de la Policía Nacional (Antidisturbios)Exagente de la Policía Nacional (Jubilación forzosa)
Estado FísicoPlena movilidad y fuerza en el brazo derecho. Sin cicatrices.Cicatrices de 15 y 3 cm en el brazo derecho. Pérdida de movilidad, fuerza y sensibilidad. Hormigueo constante.
Salud MentalSin diagnóstico de TEPT. Enfocado en su carrera y futuro destino.Diagnosticado con Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT).
ResidenciaDesplegado en Barcelona. Con planes de traslado a Viveiro (Lugo).Reside en Lugo (Burela/pueblo cercano), rehabilitando una casa.
Situación EconómicaSalario activo de policía.Pensión por incapacidad del Ministerio del Interior.
Perspectiva de FuturoContinuar con su carrera policial, acercarse a su familia.Lidiando con secuelas, sin capacidad de realizar muchas actividades. Futuro profesional truncado.

El Clamor de los que Dieron la Cara: Voces Policiales Ante el Olvido

Ángel no es el único que sufrió las consecuencias de aquellos días de furia. Hugo, miembro de las UIP (Unidad de Intervención Policial) y delegado nacional de UIP del sindicato JUPOL, también estuvo en Cataluña en 2017 y 2019. Él describe un “sentimiento de odio grandísimo” hacia los agentes en la calle, una “guerrilla urbana muy bien preparada” que levantaba el pavimento, usaba tenazas para cortar candados y se equipaba con máscaras. Si bien tuvo más suerte que Ángel, su testimonio refuerza la magnitud de la agresión que enfrentaron los policías.

“Somos tres agentes jubilados por los altercados de Urquinaona. Nuestras heridas no se pueden borrar, ni tampoco lo que sufrimos quienes dimos la cara por defender la Constitución y el Estado”, insiste Ángel. El dolor de no ser reconocidos, de sentir que su sacrificio podría ser borrado por un acuerdo político, es tan palpable como sus cicatrices. Para ellos, la amnistía no es un acto de reconciliación, sino de impunidad, una negación de la realidad que vivieron y que ha alterado sus vidas para siempre.

Preguntas Frecuentes (FAQ)

¿Qué ocurrió en la Plaza de Urquinaona en octubre de 2019?

La Plaza de Urquinaona, en Barcelona, fue uno de los epicentros de graves disturbios y enfrentamientos entre manifestantes independentistas (principalmente de los CDR) y la Policía Nacional, tras la sentencia del procés. La zona se convirtió en un campo de batalla con barricadas, incendios y lanzamiento de objetos contundentes, incluidos adoquines, cócteles molotov y líquidos corrosivos, contra los agentes.

¿Cómo resultó herido el agente Ángel?

Ángel, agente antidisturbios de la Policía Nacional, fue gravemente herido por un adoquín lanzado desde una azotea en la Plaza de Urquinaona. El impacto destrozó su brazo derecho, causándole fracturas expuestas, daño nervioso irreversible y la pérdida de movilidad y sensibilidad en el antebrazo. El incidente ocurrió mientras recargaba su arma para repeler a los manifestantes.

¿Cuáles han sido las consecuencias para la vida de Ángel tras el incidente?

Las consecuencias han sido devastadoras. Ángel sufrió una jubilación forzosa de la Policía Nacional a los 47 años, ya que sus lesiones le impiden volver a ponerse el uniforme. Convive con dolor crónico, pérdida de sensibilidad y fuerza en el brazo. Además, fue diagnosticado con Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT) debido a la gravedad de lo vivido, afectando profundamente su calidad de vida y bienestar emocional.

¿Por qué la posible amnistía genera indignación entre los policías heridos?

La amnistía es vista por Ángel y muchos de sus compañeros como una traición y un intento de borrar el sacrificio y el sufrimiento que padecieron al cumplir con su deber. Para ellos, perdonar a quienes causaron los disturbios y sus graves heridas es una “apedreada institucional” que ignora el daño físico y psicológico irreversible que han sufrido, y que les impide pasar página verdaderamente.

¿Cuántos policías resultaron heridos de gravedad en los disturbios de 2019?

El artículo menciona que al menos tres agentes, incluido Ángel, han sido jubilados por las secuelas de los altercados en Urquinaona. Además, hace referencia a otros compañeros, como Iván, que sufrieron heridas muy graves, lo que sugiere que el número total de agentes afectados por lesiones significativas fue considerable.

Más Allá de Ángel: El Alto Precio de la Defensa del Orden

La historia de Ángel es un reflejo de los riesgos inherentes a la profesión policial y el alto precio que, en ocasiones, se paga por defender el orden constitucional. En un contexto de polarización y violencia, los agentes de las fuerzas de seguridad se encuentran en la primera línea, enfrentando situaciones extremas que dejan huellas imborrables, tanto físicas como emocionales. El odio que se palpaba en las calles de Barcelona en 2019 no era una abstracción; se materializó en adoquines, fuego y heridas que hoy son un testimonio vivo del coste humano de la confrontación.

La rehabilitación de Ángel, tanto física como mental, es un proceso lento y doloroso, un recordatorio constante de que hay heridas que el tiempo no cura del todo y que ninguna amnistía política puede borrar. Su voz, que a veces se quiebra al recordar, es la de muchos otros agentes que, en silencio, cargan con el peso de lo vivido. Es un llamado a la memoria, a no olvidar que detrás de cada uniforme hay una persona con una vida, una familia y unos sueños, todos ellos vulnerables ante la violencia y susceptibles de ser marcados para siempre.

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