05/07/2025
La historia de la policía política del régimen franquista, popularmente conocida como la Brigada Político-Social (BPS) o simplemente “la Secreta”, es un entramado complejo de represión interna y sorprendentes conexiones internacionales. Lejos de ser una entidad aislada, la BPS tejió alianzas que se adaptaron a los vaivenes geopolíticos del siglo XX, pasando de una estrecha colaboración con la Alemania nazi a un insospechado vínculo con las agencias de inteligencia de Estados Unidos, como la CIA y el FBI. Esta capacidad camaleónica del régimen permitió que sus métodos y su influencia perduraran mucho más allá de la dictadura, dejando una huella de impunidad que aún resuena en la historia reciente de España.

De la Gestapo a la CIA: Una Alianza Cambiante
El régimen franquista, en su afán por consolidar su poder y perfeccionar sus mecanismos de control y represión, no dudó en buscar asesoramiento en el extranjero. Inicialmente, estas miradas se dirigieron hacia la Alemania nazi. En julio de 1938, el propio Heinrich Himmler, comandante en jefe de las SS y jefe de la Gestapo, firmó un convenio de cooperación y coordinación con el general Martínez Anido, entonces ministro de Orden Público y responsable de la policía española. Esta colaboración fue tan profunda que figuras clave de la policía secreta de Hitler, como Paul Winzer, llegaron a instruir a agentes españoles en técnicas represivas en el contexto de la Segunda Guerra Mundial. Uno de los nombres que surgiría de esta oscura colaboración sería el de Melitón Manzanas, tristemente célebre por su brutalidad y que sería asesinado por ETA en 1968.
Sin embargo, la derrota del Eje en la Segunda Guerra Mundial y el inicio de la Guerra Fría forzaron un giro pragmático en la política exterior de Franco. España, aislada internacionalmente, buscó un acercamiento a las potencias occidentales, especialmente a Estados Unidos, presentándose como un baluarte anticomunista. Fue en este nuevo escenario donde la Brigada Político-Social estableció conexiones con la CIA y el FBI, un hecho poco conocido hasta hace relativamente poco tiempo.
Una de las operaciones más singulares de esta nueva alianza fue la investigación llevada a cabo por la CIA en España en septiembre de 1953, con la participación de la BPS, para localizar a Lavrenti Beria, la mano derecha de Stalin y antiguo jefe de la policía secreta soviética, a quien se creía fugado tras la muerte del dictador. Aunque Beria ya había sido liquidado en Moscú, la operación es un claro ejemplo de la colaboración activa entre ambas agencias. El informe resultante llegó incluso a manos del senador Joseph McCarthy, figura central de la caza de brujas anticomunista en EE. UU.
Pero el “caso Beria” no fue un incidente aislado. Las conexiones se profundizaron con visitas oficiales de altos mandos de la BPS a Estados Unidos. En diciembre de 1957, Vicente Reguengo, jefe de la BPS, y Rafael Hierro Martínez, secretario general de la Dirección General de Seguridad, viajaron a EE. UU. invitados por la CIA. El objetivo era claro: recibir orientación sobre técnicas de investigación policial y, lo más perturbador, sobre “nuevos métodos de tortura”. Meses después, en mayo de 1958, el conocido ‘supercomisario’ Roberto Conesa, una figura central de la represión franquista, también cruzó el Atlántico para recibir formación del servicio de inteligencia estadounidense. Previamente, en 1957, el agente Juan Antonio Creix había asistido a un curso impartido por el FBI. Estas estancias no eran meros intercambios culturales; eran sesiones de aprendizaje directo que influirían en las prácticas represivas de la BPS.
La Brigada Político-Social, oficialmente creada en 1941 con la Ley de Policía, fue mucho más que un cuerpo policial; fue, como la definió Manuel Vázquez Montalbán, la “verdadera guardia pretoriana” del régimen franquista. Su propósito fundamental era la vigilancia, el control y la represión de cualquier atisbo de oposición o disidencia. Desde la posguerra, la policía franquista se dedicó a la depuración de agentes con simpatías republicanas y a la consolidación de un aparato represivo sin fisuras. La normativa de 1941 la caracterizaba como el “órgano más eficiente de la vida del Estado” para llevar a cabo una “vigilancia, permanente y total”.
El historiador Pablo Alcántara Pérez, en su libro La secreta de Franco, ha revelado la magnitud de estas conexiones internacionales y la sistematicidad de la BPS. No se trataba de “contactos esporádicos”, sino de una “coordinación y apoyo entre los estamentos policiales españoles y los de la Alemania nazi primero y Estados Unidos después”, de donde “aprendieron sus maneras”. La BPS no era un grupo de “cuatro locos o sádicos torturadores”, sino un “aparato represor del régimen franquista sin fisuras que se dedicó al análisis de la actualidad del momento y que no dudó en actuar en todo tipo de circunstancias contra los luchadores antifranquistas: los movimientos guerrillero, obrero o estudiantil”.
Perfiles de una Brigada Sin Escrupulos
El estudio de los expedientes personales de los miembros de la BPS, muchos de ellos inéditos, ha permitido a Alcántara Pérez identificar seis perfiles distintos de agentes que conformaron este cuerpo represor:
- La “Vieja Policía”: Agentes que ya operaban durante la dictadura de Primo de Rivera y la Segunda República, especializados en reprimir el movimiento obrero. Colaboraron con la Gestapo y, a pesar de ser perseguidos por los aliados, siempre contaron con la protección del Estado franquista. Ejemplos incluyen a Eduardo Portela y Pedro Urraca.
- Los que “Jugaban con dos barajas”: Agentes que, durante la República, reprimieron grupos anarquistas y destacaron en eventos como la Revolución de Octubre de 1934. Tras la guerra civil, colaboraron con los sublevados, pasaron un examen de lealtad y ascendieron a puestos clave en la BPS, actuando como interlocutores con los servicios policiales de EE. UU. Vicente Reguengo es un caso ilustrativo.
- Los “Teóricos”: Iniciaron sus carreras en la República o Guerra Civil, pero durante la dictadura se dedicaron a recopilar información para “fichar” y reprimir a los vencidos, y a desacreditar organizaciones de izquierda con folletos y libros. Aunque algunos cayeron en el ostracismo, la mayoría mantuvo su categoría y obtuvo ascensos. Eduardo Comín Colomer y Mauricio Carlavilla son ejemplos.
- Los “Quintacolumnistas”: Agentes que, durante la Guerra Civil, operaron en el lado republicano (principalmente Madrid o Barcelona) realizando espionaje, sustracción de documentos y liberación de presos. Tras la guerra, los que sobrevivieron a las purgas franquistas ocuparon importantes cargos en la BPS. Saturnino Yagüe es el caso más famoso.
- Los “Infiltrados”: Iniciaron sus carreras durante la Guerra Civil y la posguerra, especializándose en la infiltración de organizaciones políticas clandestinas. Muchos estuvieron implicados en torturas policiales. Sus carreras despegaron en los años sesenta y setenta, aunque ya en los cincuenta habían realizado trabajos importantes. Aquí destacan nombres como Roberto Conesa Escudero, Claudio Ramos Tejedor y el ya mencionado Melitón Manzanas.
- Los “Aprendices”: Ingresaron en la BPS en los años sesenta o setenta, durante el «tardofranquismo». Se infiltraron en el movimiento estudiantil, participando en asambleas para identificar y perseguir a los líderes. Antonio González Pacheco, alias “Billy el Niño”, es el ejemplo más notorio de este perfil.
Estos perfiles demuestran la diversidad de trayectorias, pero todos convergían en un punto: el servicio a la estructura represiva del régimen franquista.
Métodos y Atrocidades: El Manual de la Represión
La BPS operaba siguiendo un proceso bien definido: obtención de información, detención, interrogatorio con tortura, y posterior juicio. La información se obtenía mediante investigaciones, agentes infiltrados en grupos clandestinos o el uso de confidentes. Una vez realizada la detención, se abrían las diligencias policiales, y aquí entraba en juego la brutalidad de los interrogatorios.
Entre los métodos de malos tratos documentados, algunos eran particularmente infames:
- La “bañera”: Consistía en sumergir la cabeza del detenido en un barreño lleno de agua, orines o incluso heces hasta el límite de la asfixia.
- El “quirófano”: El detenido era atado de pies y manos, colocado boca arriba sobre una mesa con los pies descalzos, mientras varios agentes se colocaban encima de él y otro le golpeaba la planta de los pies.
- La “colgadura”: El preso era colgado de una cuerda y golpeado con porras.
- Además, eran habituales las palizas, los insultos y otras formas de vejación psicológica y física.
A pesar de que muchos militantes antifranquistas denunciaron estas torturas durante los juicios, sus quejas eran sistemáticamente archivadas, perpetuando un ciclo de impunidad. Estas labores represivas eran recompensadas con felicitaciones y compensaciones económicas a los agentes.
La formación de los miembros de la BPS también era un pilar clave. Se redactaban y publicaban boletines informativos sobre el movimiento obrero y de izquierdas, donde se anunciaban las detenciones. Revistas como “Policía” servían para que los agentes escribieran sobre sus tareas. Sorprendentemente, hubo decenas de policías-escritores que crearon propaganda para el régimen e incluso ganaron premios literarios, como Tomás Salvador con el Premio Planeta en 1960. Se leían también textos extranjeros sobre lucha “antisubersiva”, como el libro de Raymond Marcellin, “El orden público y los grupos revolucionarios”.
Impunidad y Legado: Una Sombra en la Transición
Uno de los aspectos más oscuros del legado de la BPS es la impunidad de sus miembros. A pesar de los abusos y crímenes cometidos, la mayoría de estos agentes no solo no fueron purgados ni juzgados tras la muerte de Franco y el inicio de la Transición, sino que muchos fueron ascendidos y condecorados en la nueva policía democrática. Este “pacto del silencio” de la Transición, sumado a leyes restrictivas como la Ley de Secretos Oficiales de 1968 o la Ley de Patrimonio Histórico, ha dificultado enormemente el acceso a los archivos y la investigación sobre la BPS.

Un ejemplo flagrante es el de Antonio González Pacheco, “Billy el Niño”. Su ficha personal no podrá ser consultada hasta el año 2045, ya que la legislación actual exige que pasen veinticinco años desde la muerte de un agente para tener libre acceso a ella. Sin embargo, el expediente de Roberto Conesa, “el mejor de los mandados” y figura clave de la BPS, pudo ser consultado en 2019, revelando una extensa biografía de servicios a la dictadura, desde la detención de las Trece Rosas hasta su condecoración con la Orden Imperial del Yugo y las Flechas el día de la última aparición pública de Franco. Conesa, que se infiltró en el PSOE y el PCE de la posguerra, e incluso trabajó para el dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo, fue reciclado en la democracia para investigar secuestros del GRAPO, bajo las órdenes del ministro del Interior Rodolfo Martín Villa.
La BPS se enfrentó a diversos movimientos de oposición. Aunque les llevó una década acabar con los guerrilleros (hasta 1948), la aparición de un nuevo movimiento obrero y estudiantil a finales de los cincuenta y principios de los sesenta los desconcertó. Tuvieron que analizarlo a través de reuniones policiales a nivel nacional y sus boletines de investigación para luego actuar con contundencia. La aparición de ETA y el FRAP también supuso un nuevo desafío. Sin embargo, la oposición no se quedó de brazos cruzados, creando manuales para sortear detenciones y torturas, y protagonizando actos de desafío como el asalto a la comisaría de Mieres por mineros asturianos en 1965.
El historial de la institución está también marcado por enormes sospechas de crímenes brutales y encubiertos. Casos como los de los jóvenes universitarios Rafael Guijarro y Enrique Ruano, cuyas muertes fueron calificadas oficialmente como suicidios por salto de ventana, son ejemplos de esta oscuridad. En el caso de Ruano, a pesar de que su familia logró sentar en el banquillo a los tres agentes implicados en 1996, fueron absueltos. La desaparición de una clavícula serrada, una prueba “determinante” según los jueces para el esclarecimiento de los hechos, que apuntaba a una lesión no provocada por la caída sino por “un objeto cilíndrico cónico”, ilustra la sistemática obstrucción a la justicia.
La Brigada Político-Social (BPS), conocida popularmente como “la Secreta”, fue la policía política del régimen franquista. Su función principal era la vigilancia, el control y la represión de la oposición política y cualquier forma de disidencia contra la dictadura.
¿Cuándo se creó oficialmente la BPS?
Aunque existían servicios de información y policía política desde los primeros años del franquismo, la Brigada Político-Social fue creada oficialmente en 1941, mediante la Ley de Policía, consolidando el aparato represor del régimen.
¿Qué métodos de tortura utilizaba la BPS?
La BPS empleaba métodos brutales para extraer información y castigar a los detenidos. Entre ellos se encontraban la “bañera” (sumergir la cabeza hasta la asfixia), el “quirófano” (golpear las plantas de los pies), la “colgadura” (colgar al preso y golpearlo), además de palizas sistemáticas e insultos.
¿Qué agentes famosos formaron parte de la BPS?
Entre los agentes más conocidos de la BPS se encuentran Roberto Conesa Escudero, Melitón Manzanas y Antonio González Pacheco, alias “Billy el Niño”. Estos nombres están asociados a numerosos casos de represión y tortura durante la dictadura franquista.
¿Hubo alguna conexión entre la BPS y la Alemania Nazi?
Sí, al inicio del régimen franquista, hubo una estrecha colaboración con la policía secreta nazi, la Gestapo. En 1938, Himmler firmó un acuerdo de cooperación con la policía española, e instructores nazis, como Paul Winzer, formaron a agentes de la BPS en técnicas represivas.
¿Por qué no se juzgó a los miembros de la BPS después del franquismo?
La impunidad de los miembros de la BPS se debe a varios factores, incluido el “pacto del silencio” de la Transición, la Ley de Amnistía de 1977 que impidió juzgar crímenes del franquismo, y leyes restrictivas que limitan el acceso a los archivos policiales. Muchos agentes fueron incluso ascendidos y condecorados en la policía democrática.
La historia de la Brigada Político-Social, tal como la desvela la investigación de Pablo Alcántara Pérez, es un recordatorio crucial de que la represión franquista no fue obra de individuos aislados, sino de un aparato estatal cohesionado y brutal. Entender el funcionamiento de la BPS, sus conexiones internacionales y la impunidad que la rodeó es fundamental no solo para la memoria histórica, sino para comprender las sombras que aún persisten en la sociedad española. Como bien señala Alcántara, es necesario hablar de “la otra parte” para conseguir la justicia y la reparación, reconociendo la lucha de aquellos que, a pesar de las torturas y las cárceles, se atrevieron a desafiar a la dictadura.
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