¿Qué hace un policía sin esperanzas?

El Policía sin Esperanzas y el Ángel de la Muerte

11/08/2025

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En el pintoresco y apacible pueblo costero de Bertioga, en el estado de San Pablo, Brasil, el verano de 1979 transcurría con la calma habitual que caracteriza a los rincones olvidados por el tiempo. Pero esa quietud fue abruptamente interrumpida una tarde, cuando el mar devolvió un secreto oscuro a la orilla. Un cuerpo sin vida, el de un hombre mayor, yacía en la arena, rodeado por un silencio denso y la presencia de apenas tres personas. La escena era la de una tragedia común, un ahogamiento quizás, un final inesperado para una jornada de playa. Un policía local acudió al llamado, su rostro denotaba la familiar resignación ante lo inevitable. Intentó, sin verdadera convicción y casi por mero protocolo, alguna maniobra de reanimación. Lo hizo sin esperanzas, con la certeza de que el aliento vital ya había abandonado ese cuerpo. Si no hubiese sido por la presencia de una pareja mayor, visiblemente angustiada y renuente a separarse del fallecido, quizás ni siquiera se hubiera molestado en luchar contra lo inexorable. Lo que este agente no sabía, lo que nadie en ese pequeño pueblo podía imaginar en ese momento, era que el hombre tendido en la arena no era un ciudadano común, sino uno de los monstruos más temibles y buscados de la historia de la humanidad: Josef Mengele, el infame Ángel de la Muerte de Auschwitz.

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El difuso protocolo policial siguió su curso. El cadáver fue trasladado, se emitió un certificado de defunción y se procedió a la identificación. Los documentos que la pareja húngara, los Stammer –quienes convivían con el fallecido–, entregaron, identificaban al hombre como Wolfgang Gerhard, de 54 años. Aunque su apariencia era la de alguien mucho mayor, su mal estado físico para la edad consignada hizo que la causa de muerte, un ataque al corazón mientras nadaba en aguas frías, pareciera natural. No había señales de ahogamiento, ninguna de las marcas de aquellos que son vencidos por el mar. Un final anónimo para una vida de notoriedad macabra. Tuvieron que pasar más de seis años para que la verdad saliera a la luz, desvelando una de las fugas más prolongadas y enigmáticas de un criminal de guerra nazi. Quien murió en ese atardecer paulista no era Wolfgang Gerhard, ni era un mecánico; tenía 68 años y era, en realidad, Josef Mengele, el sádico médico de Auschwitz.

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Josef Mengele: La Génesis del Ángel de la Muerte

Para comprender la magnitud de la vida y muerte de Mengele, es fundamental remontarse a sus orígenes y a su ascenso dentro de la maquinaria de exterminio nazi. Nacido en Günzburg, Alemania, en 1911, Josef Mengele era un médico y antropólogo con una prometedora carrera académica. Se unió al Partido Nazi en 1938 y, poco después, fue alistado en el ejército alemán, participando en diversas campañas militares. Fue condecorado en un par de ocasiones por su accionar en el frente de batalla, demostrando una eficiencia que luego aplicaría en contextos mucho más siniestros. Una herida lo postró por varios meses, impidiéndole continuar como médico de tropas. Consiguió un puesto administrativo, pero su ambición y su oscura curiosidad lo llevaron a solicitar un destino que cambiaría para siempre el curso de su vida y la de incontables víctimas: Auschwitz.

Llegó al infame campo de concentración en 1943. En muy poco tiempo, Mengele fue sumando funciones y ganando un poder absoluto sobre la vida y la muerte de miles de prisioneros. A los pocos meses de su llegada, se convirtió en el encargado de la temida “Selección”. Esta era la primera y más brutal criba a la que eran sometidos los recién llegados en los trenes atestados de personas. En medio de la muerte, el hambre y la desesperación, Mengele refulgía con su delantal blanco siempre impecable, guantes del mismo color y una vara estrecha y larga en una de sus manos. Él separaba —con un solo movimiento de vara, un latigazo al aire— a los que eran aptos para el trabajo esclavo de aquellos que serían desechados, enviados de inmediato a la muerte. Los segundos seguían un camino que, aunque aparentaba normalidad, era en realidad un pasillo organizado y cruel que conducía directamente a las cámaras de gas.

Aunque la tarea de selección no requería una habilidad especial y cualquiera podía realizarla, lo que distinguía a Mengele era la fruición con la que encaraba la tarea, su sadismo manifiesto. Testigos y sobrevivientes de Auschwitz recuerdan su semblante impasible, casi disfrutando de la decisión de vida o muerte. Pero su método tenía otra peculiaridad: personas con discapacidades evidentes, que otros hubieran enviado sin dudar a las cámaras de gas, eran separadas por él en un tercer grupo. Estos individuos se convertirían en sus conejillos de indias, carne para los experimentos más crueles y aberrantes de los que se tenga conocimiento. Sus investigaciones, supuestamente en busca de un linaje perfecto y en pos de la creación y perpetuación de la “raza superior” aria, eran en realidad una fachada para sus más retorcidas perversiones.

Los Experimentos Macabros: La Perversidad en Nombre de la Ciencia

Antes de la guerra, Mengele se había especializado en el estudio de los llamados labios leporinos, analizando casos de fisuras labiales y palatinas en busca de patrones hereditarios. En Auschwitz, encontró el “lugar ideal” para continuar con sus investigaciones genéticas, sin límites éticos ni morales. Su presencia en la llegada de los trenes no era estrictamente necesaria, pero él no quería que ninguno de sus “potenciales experimentos” se le escapara. Mellizos, enanos y personas con anomalías físicas eran sus objetivos predilectos. A quienes elegía, los sometía a los tratos más crueles y macabros, disfrazándolos de “avance científico”.

¿Qué hace un policía sin esperanzas?
Un policía acude e intenta alguna maniobra. Lo hace sin esperanzas: sólo sigue un difuso protocolo. Si no hubiera testigos, si no estuviera esa pareja mayor que no se despega del cuerpo y que luce muy preocupada, el agente ni siquiera hubiera intentado luchar contra lo inexorable. Luego, los pasos de rigor.

Sus atrocidades incluían inocular tifus en pacientes sanos, inyectar sustancias desconocidas en los ojos de niños con la intención de cambiarles el color, extirpar ojos de personas vivas para estudiarlos, y matar prisioneros para extirparles órganos. Llegó incluso a coser a dos hermanos gemelos entre sí para recrear el comportamiento de los siameses; las costuras se infectaron y la gangrena consumió a los hermanos en un sufrimiento inimaginable. Matar hijos delante de sus madres era otra de sus depravadas prácticas. Estas supuestas “tareas científicas”, con muestras que enviaba a Berlín y abultadas anotaciones, no eran pruebas ni experimentos, sino torturas, mutilaciones y homicidios, muchos de los cuales ejecutó él mismo. Un monstruo que encontró en el ámbito deshumanizado de Auschwitz, donde la vida no valía nada, la excusa perfecta para desarrollar su perversidad.

Uno de los episodios más infames que ilustra su obsesión fue la llegada de la familia Ovitz a Auschwitz el 19 de mayo de 1944. Esta troupe artística, integrada por nueve hermanos que viajaban por Europa con su show musical, fue detenida en Hungría y derivada al campo. La particularidad era que siete de ellos eran enanos. Mengele, al enterarse, se sintió el “hombre más afortunado del mundo”. Separó a los Ovitz del resto, ordenó que los alimentaran y comenzó para ellos un calvario de ocho meses de lo que él llamaba “pruebas científicas”. Les sacaba sangre varias veces al día, les arrancaba dientes y uñas, les cortaba el pelo, y les perforaba la piel con elementos filosos para intentar descubrir quién cicatrizaba primero. Aunque Mengele no sabía qué buscaba, continuaba con los tormentos en medio de su obsesión. Milagrosamente, la familia Ovitz logró sobrevivir al monstruo y al Holocausto.

La Larga Fuga: Dos Décadas de Evasión de la Justicia

El fin de la guerra no significó el fin de la impunidad para muchos criminales nazis, y Mengele no fue la excepción. Escapó de Auschwitz el 17 de enero de 1945, con el resto de los nazis, iniciando un derrotero que se repitió en miles de casos. Su vida en esos meses se redujo a tratar de esquivar a los soldados aliados y pasar desapercibido. Cayó en manos de los norteamericanos, pero logró salvarse al no llevar el tatuaje que identificaba a los SS con su tipo sanguíneo y su condición de médico. Ya había adoptado una falsa identidad: Fritz Hollmann. Nadie hubiera creído que ese ser con bigote deshilachado y mirada tenue fuera un criminal de guerra.

Hasta 1949, se dedicó a huir y esconderse en zonas rurales y pequeños poblados de Alemania. Luego llegó la gran oportunidad de fugarse y perderse para siempre. Su nombre ya había aparecido en los Juicios de Núremberg y en otros procesos que se habían abierto en Alemania. Salió, como tantos otros jerarcas nazis, con pasaporte falso de la Cruz Roja, vía Génova hacia Buenos Aires. La capital argentina, en esos años, era la guarida perfecta de los nazis fugados, un refugio que ofrecía anonimato y protección a cambio de silencio.

En Argentina, adoptó una nueva falsa identidad: Helmut Gregor. Bajo este nombre, incluso logró reunirse con el presidente Juan Perón, un indicio de la facilidad con la que los criminales nazis se insertaron en la sociedad argentina de la época. Trabajó en una carpintería, fabricó juguetes didácticos, vendió maquinaria agrícola y hasta tuvo una pequeña empresa farmacéutica. En 1956, sintiéndose seguro, hizo trámites en la embajada alemana y recuperó su apellido real, argentinizando solo su nombre de pila: pasó a ser José Mengele, con Cédula de Identidad número 3.940.484. Se sentía tranquilo y seguro, convencido de que nadie daría con él en un país tan austral y alejado. En esos tiempos, el cruce de información era casi imposible. Hasta se dio el lujo de viajar a Europa y traer a su cuñada, la esposa de su hermano fallecido, con quien se casaría en Buenos Aires.

Sin embargo, a fines de la década de 1950, su tranquilidad se acabó. Fue detenido y acusado de ejercicio ilegal de la medicina y de practicar abortos. Esta detención marcó el inicio de una nueva fuga que duraría dos décadas, llevándolo a Paraguay y luego a Brasil. Los agentes del Mossad, el servicio de inteligencia israelí que capturó a Adolf Eichmann en Buenos Aires, intentaron hacer lo mismo con Mengele. Según varios testimonios, se les escapó por unas pocas horas, lo que acentuó su paranoia y la necesidad de permanecer siempre un paso adelante de sus perseguidores. A partir de ese momento, su nombre se difundió internacionalmente, y ya no le quedó más que escapar. Todo el mundo conocía ya a Mengele, el Ángel de la Muerte, el sádico médico de Auschwitz.

¿Cómo es el trabajo de Esperanza Gómez?
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Después de una estadía en Paraguay, una vez más, la red nazi lo asistió para que pasara a Brasil. Allí se dedicó a la actividad agrícola y se mudó varias veces de locación para impedir que sus captores dieran con él. La mayor parte de esos años, los pasó con el matrimonio Stammer, la pareja de origen húngaro que lo acompañaba en la playa el día de su muerte, el 7 de febrero de 1979. Las actividades de Mengele en Brasil siguen siendo un misterio y objeto de especulación. Algunos incluso le atribuyen una epidemia de gemelos, todos rubios y de ojos celestes, en un pueblo perdido de Brasil, donde en pocos años nacieron cuarenta parejas, una macabra coincidencia que alimenta las teorías más oscuras.

La Verdad Revelada: El Fin de la Caza y el Legado de la Impunidad

Simon Wiesenthal, el incansable cazador de nazis, se obsesionó con encontrar a Mengele. Su búsqueda fue tan intensa que, muchas veces, parecía perder el juicio, declarando en varias oportunidades que Mengele fue visto en lugares en los que nunca estuvo: América Central, Europa Oriental, Colombia y varios países más. Tanto es así que especuló con estas pistas incluso después de que Mengele ya estaba muerto, demostrando la profundidad de su compromiso con la justicia.

La verdad sobre la muerte de Mengele tardaría en salir a la luz. Su propio hijo, Rolf Mengele, a pesar de declarar estar avergonzado de su padre, permitió que Wiesenthal y el mundo siguieran buscando al criminal nazi, aun sabiendo que llevaba años muerto. Recién seis años después de la muerte de Mengele, en 1985, Rolf avisó del fallecimiento y señaló el lugar de Brasil en el que estaba enterrado. Luego de varias pruebas forenses, en especial de la dentadura, los peritos determinaron que la persona que se había ahogado en la playa paulista en 1979 era, efectivamente, el criminal nazi Josef Mengele.

Hubo que esperar otros siete años, hasta 1992, para que las pruebas genéticas confirmaran la situación, disipando finalmente todas las dudas. La actitud de su hijo durante esos años solo sirvió para abonar suposiciones y que sedimentaran las teorías conspirativas. Como en tantos otros casos de nazis célebres, varios investigadores sostienen que Mengele no murió hace cuarenta años, una persistencia de la incredulidad ante la idea de que un monstruo pudiera escapar impune por tanto tiempo.

Cronología de una Fuga y una Muerte Anónima

AñoEvento ClaveDetalle Relevante
1943Llegada a AuschwitzSe convierte en el oficial médico de las SS en Auschwitz II (Birkenau), a cargo de la "Selección".
1945Escape de AuschwitzHuye del campo de concentración antes de la llegada de las tropas soviéticas.
1949Fuga a ArgentinaSale de Europa con un pasaporte falso de la Cruz Roja, rumbo a Buenos Aires.
1956Recupera IdentidadEn Argentina, recupera su apellido real, convirtiéndose en José Mengele.
Fines 1950sComienza la HuidaEs acusado de ejercicio ilegal de la medicina, lo que lo obliga a huir de Argentina.
1960Eichmann CapturadoEl Mossad captura a Eichmann en Argentina, intensificando la búsqueda de otros nazis.
1960s-1970sVida de PrófugoSe mueve entre Paraguay y Brasil, viviendo bajo diversas identidades falsas, mayormente con los Stammer.
1979Muerte en BertiogaFallece en la playa de Bertioga, Brasil, bajo el nombre de Wolfgang Gerhard.
1985Revelación de RolfSu hijo, Rolf Mengele, revela el lugar de su tumba en Brasil.
1985Identificación ForensePruebas dentales confirman que el cuerpo es de Josef Mengele.
1992Confirmación GenéticaPruebas de ADN confirman definitivamente la identidad del cuerpo.

Preguntas Frecuentes sobre Josef Mengele

¿Qué se conoce como la “Selección” de Mengele en Auschwitz?
La “Selección” era el proceso en el que Josef Mengele decidía, con un simple movimiento de su vara, qué prisioneros recién llegados a Auschwitz serían enviados a trabajos forzados y cuáles serían asesinados inmediatamente en las cámaras de gas. También elegía a quienes usaría para sus experimentos.
¿Cuáles fueron algunos de los experimentos más atroces que realizó Mengele?
Entre sus experimentos más crueles se incluyen inyectar sustancias en los ojos de niños para cambiar su color, coser gemelos para crear siameses artificiales, extirpar órganos de personas vivas, e inocular enfermedades como el tifus en prisioneros sanos, todo en busca de supuestas “investigaciones genéticas” y la “pureza racial”.
¿Cómo logró Josef Mengele evadir la justicia por tanto tiempo?
Mengele logró evadir la justicia por más de tres décadas gracias a una combinación de factores: el caos posguerra, la adopción de múltiples identidades falsas, el apoyo de redes de ex-nazis en Sudamérica (especialmente en Argentina, Paraguay y Brasil) y la falta de coordinación internacional en la búsqueda de criminales de guerra durante gran parte del período.
¿Cuándo y cómo se descubrió la verdadera identidad del hombre que murió en Bertioga?
La verdadera identidad de Wolfgang Gerhard como Josef Mengele no se descubrió hasta 1985, seis años después de su muerte. Fue revelada por su hijo, Rolf Mengele, quien indicó el lugar de su tumba en Brasil. Posteriormente, pruebas forenses de su dentadura y, años más tarde, pruebas genéticas, confirmaron su identidad.

El cuerpo de Josef Mengele, el de los experimentos macabros e inhumanos, el prófugo de tres décadas, no fue repatriado ni reclamado por su familia. Nadie quiso que enfermos y fanáticos acudiesen en peregrinación al lugar de su sepultura, ni que lo convirtiesen en un santuario de la perversidad y el mal. Su final, tan anónimo como la indiferencia del policía en la playa, cerró un capítulo de impunidad, pero dejó abierta la herida de un pasado que no debe ser olvidado. La historia de Mengele es un recordatorio sombrío de hasta dónde puede llegar la maldad humana y la importancia de la memoria para que tales atrocidades nunca se repitan.

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