Edictos Policiales: La Ley Silenciosa de Buenos Aires

14/04/2026

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La historia de la policía en la ciudad de Buenos Aires es un relato complejo y fascinante, donde el orden público no siempre se rigió por códigos penales formales, sino por una serie de disposiciones conocidas como edictos policiales. Estas normas, a menudo consideradas de "menor cuantía", tuvieron un impacto contundente en la vida cotidiana de los porteños, funcionando como una ley a ras del suelo, ejecutada por una figura central: el comisario. Su génesis se remonta a la época colonial, y su evolución a lo largo del siglo XIX marcó una era de disputas de autoridad entre la policía, la municipalidad y el propio poder judicial. Comprender qué son los edictos policiales es adentrarse en la esencia del control urbano y las dinámicas de poder que definieron la capital argentina.

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Orígenes de los Edictos Policiales: De los Bandos Coloniales a las Contravenciones

Para entender los edictos policiales, es fundamental rastrear su linaje hasta el período colonial. En las ciudades indianas, el poder de regular la vida de los pobladores locales estaba en manos de autoridades que promulgaban los llamados “autos de buen gobierno” o “bandos”. Estos eran mandamientos que contenían una serie de disposiciones orientadas a controlar comportamientos y asegurar el orden material de la ciudad. Se difundían mediante afiches colocados en lugares públicos y eran leídos en voz alta por pregoneros, siendo la médula del orden jurídico indiano, hasta el punto de que algunos historiadores los consideran una arquitectura legal de policía en el sentido antiguo del término.

Estos bandos coloniales regulaban aspectos tan diversos como la limpieza de calles y veredas, el tránsito en la vía pública, la salubridad en actividades comerciales, el ingreso de mercaderías, el orden en pulperías y fondas, el juego, el consumo de bebidas, la portación y uso de armas, y la vagancia y mendicidad. Un rasgo sobresaliente de estos bandos era su carácter eminentemente iterativo: con el paso de las décadas, insistían una y otra vez en las mismas prohibiciones y sanciones, a menudo con idénticas palabras. Aunque esta redundancia llevó a algunos a hablar de una cierta “ineficacia” o incapacidad para transformar conductas, los edictos demostraron ser sumamente eficaces en la fabricación de un derecho de policía que operaba directamente en la minucia cotidiana del barrio, castigando sin necesidad de pasar por los tribunales formales.

Con la independencia, esta tradición normativa continuó. El Manual de Policía, publicado en 1825 y 1830, incluía muchos de estos bandos, detallando “infracciones” y sus respectivas multas, que variaban entre dos y doce pesos. El encargado de aplicar la sanción, ya fuera un alcalde de barrio, teniente de manzana o comisario, debía anotar el nombre del infractor y entregar la suma al “fondo de policía”. Este esquema de punición se mantuvo durante todo el siglo XIX, convirtiéndose en una considerable carga económica para comerciantes y trabajadores urbanos.

El Comisario: Pequeño Soberano del Barrio y Ejecutor de la Ley

La figura central en la aplicación de los edictos policiales fue, sin duda, el comisario. Con la creación del Departamento General de Policía en 1821 por Bernardino Rivadavia, los “comisarios” dejaron de ser meros auxiliares de oficina para convertirse en los jefes de las nuevas “secciones” en que se dividió la ciudad. Desde 1822, Buenos Aires se organizó en cuatro comisarías seccionales, una división que se mantuvo durante la primera mitad del siglo XIX.

A medida que avanzaba el siglo XIX, la importancia del comisario fue creciendo. A diferencia de los jefes de policía, cuyo cargo solía ser efímero y atado a los vaivenes políticos (con un promedio de apenas un año y medio en el cargo entre 1831 y 1880), los comisarios, como los de Órdenes o seccionales, solían durar mucho más, convirtiéndose en una carrera burocrática estable. Eran el “delegado del jefe” y el “soberano policial” en su sección, con un imperio territorial que se construía en torno al poder de los edictos.

Las tareas del comisario abarcaban dos tipos de servicios: el “interno” o “mecánico” (la burocracia de la comisaría, con sus numerosos libros de registro de demandas, presos, prófugos, etc.) y el “externo” (la vigilancia callejera). Aunque el reglamento de 1868 de O’Gorman buscó cierta descentralización, la policía centralizó el control sobre los vigilantes tras la epidemia de fiebre amarilla de 1871. A pesar de las contradicciones, el comisario seguía siendo el responsable final del destino de sus subalternos y el garante del orden en su sección.

¿Qué son los edictos policiales?
El artículo analiza el uso de los edictos policiales y de la elaboración de sumarios como modo de gobierno del orden urbano en la Buenos Aires del ochocientos. Desde su creación en 1822, el Departamento de Policía de Buenos Aires contó con estas herramientas, situadas en la base del poder territorial de los comisarios de barrio.
Comparación de la Duración en el Cargo (1831-1880)
CargoNúmero de OcupantesDuración Promedio por Ocupante
Jefe de Policía30Apenas superior a 1 año y medio
Comisario de Órdenes3Alrededor de 16 años

El Poder Sumarial: La Influencia Policial en la Justicia

Además de mantener el orden y ejecutar los edictos, los comisarios poseían el poder sumarial, una herramienta fundamental que les permitía iniciar investigaciones ante hechos criminales dentro de su sección. Esto incluía indagar sobre sospechosos, tramitar aprehensiones, tomar declaraciones a testigos, recoger pruebas y "clasificar el hecho", enviando el material al jefe de policía para que lo elevara al juez competente. Este poder se ratificó con el reglamento de 1868, que también les exigía atender las demandas de los vecinos, aunque con reglas más precisas.

A pesar de que la ley distinguía entre crímenes y delitos (bajo la órbita judicial) y contravenciones (penas de policía), en la práctica, los redactores del reglamento policial mezclaban categorías, utilizando términos como “desordenado” o “peleador” que resonaban con las viejas clasificaciones de la justicia lega. Esto generaba una zona gris donde la actividad policial, especialmente la elaboración de los sumarios, se inmiscuía en el ámbito judicial. Los comisarios debían enviar “partes diarios” de lo ocurrido en su sección, pero a menudo se les criticaba por la falta de inmediatez o por delegar la redacción de los sumarios en escribientes.

La injerencia policial en la administración de justicia era tal que los escritos de los comisarios, a falta de jueces sumariantes en el lugar del crimen, a menudo se elevaban a la categoría de “sumarios de hecho” y eran ratificados por los jueces. Esto llevó a que la jefatura de policía tuviera que recordarles a los comisarios la importancia del lenguaje jurídico, evitando calificativos hirientes y utilizando términos como “acusado” o “sospechado” en lugar de “ladrón” u “homicida”, para respetar la presunción de inocencia.

Contravenciones en Acción: Disciplinando la Vida Urbana

El poder contravencional se traducía en multas y arrestos, pero también en otros recursos punitivos, como el ataque a la reputación. El Boletín de Policía, una publicación quincenal de mediados del siglo XIX, listaba los nombres de los infractores, los motivos de la sanción, las multas y los días de arresto, buscando “sacar a luz pública y avergonzar a los delincuentes”. Esta estrategia de publicidad de las infracciones, que se evidenciaba en la inclusión de correcciones por errores, muestra el impacto que tenía la deshonra como forma de castigo.

La prensa periódica, a mediados del siglo XIX, se convirtió en un vehículo clave para la comunicación de los edictos policiales y los nombres de los contraventores. Los “avisos” firmados por el comisario de órdenes informaban sobre objetos encontrados, y los edictos, una vez desaparecidos los pregoneros, se restringieron a los periódicos y afiches callejeros. Las multas por contravenciones, aunque de “menor cuantía” para los juristas, representaban una pesada carga económica, y la “caja de policía”, donde se recaudaba el dinero, fue objeto de incesantes acusaciones de corrupción.

Ejemplos de Contravenciones y Penalidades (Mediados S. XIX)
Infracción (Ejemplo)Penalidad (Ejemplo)Observaciones
Incumplimiento de disposiciones de buen gobierno (general)Multa de 2 a 12 pesosEl dinero iba al “fondo de policía”.
Portación de armas blancas o de fuegoMulta de hasta $500 o 8 días de arrestoLa penalidad varió con el tiempo, buscando endurecimiento.
Ebriedad y desorden en la vía públicaMulta (equivalente a vendedores de alcohol) o arrestoCifras de arrestos por esta causa eran abrumadoramente superiores.
Vagancia / "Limpiar las calles"Arresto, pasar la noche en el Departamento Central ("hotel del gallo")No era una contravención en sí, sino una "técnica" en los márgenes de la ley.

Uno de los campos de acción privilegiados de la ley policial era el consumo de bebidas alcohólicas, visto como el principal causante de desórdenes y un factor que afectaba la salubridad y el “ornato” de la ciudad. Aunque existían prohibiciones, la policía se centraba en “recoger de las calles a los ebrios”, especialmente si “alteraban el orden”. Las estadísticas de arrestos por ebriedad y desorden eran abrumadoramente superiores a cualquier otra categoría policial, mostrando la intensidad de esta aplicación del orden público.

La aplicación de contravenciones y la elaboración de estadísticas reflejaban lo que la policía entendía por “mantenimiento del orden”. La facultad de “recoger” vagos y ebrios, sin que la vagancia fuera una contravención per se, era una técnica para “limpiar las calles” de sujetos considerados indeseables. Estos detenidos solían ser enviados al Departamento Central, conocido como el “hotel del gallo”, donde pasaban la noche. Este poder, que el comisario a menudo reputaba “ilegal pero efectivo”, transitaba en los márgenes de la ley, pero penetraba en los espacios más minúsculos de la ciudad, disciplinando la vida urbana a través de un juego de permisividades y prohibiciones.

¿Cuál es el tratamiento adecuado para los escritos policiales?
El trato adecuado es "Sr.Comisario, Jefe de la Comisaría ....X". Hace un tiempo, era de uso obligatorio en los escritos policiales el tratamiento ILTMO. SR., pero ya no lo és, aunque hay quién sigue utilizándolo. Lo del rango de "policia en prácticas" tiene su explicación.

La Tensión con la Municipalidad: Una Disputa por la Autoridad

La creación de la Municipalidad de Buenos Aires en 1856 significó, en los papeles, una reducción de las prerrogativas policiales en el gobierno de la ciudad. Sin embargo, en la práctica, la policía no cedió este espacio fácilmente, lo que generó un constante choque entre las ordenanzas municipales y los edictos policiales, tanto en las conductas permitidas y prohibidas como en la ejecución de las puniciones.

La disputa se intensificó a finales del siglo XIX, especialmente con la gestión modernizadora del Intendente Torcuato de Alvear en la década de 1880. La Ley Orgánica Municipal de 1882 otorgó al Concejo Deliberante la facultad de crear un “Cuerpo de Inspectores Municipales” para la ejecución de sus disposiciones, “sin perjuicio del auxilio que deberá prestar la Policía de la Capital cuando fuese requerida”. Esta frase generó controversia, ya que la Municipalidad reclamaba la intervención policial para cobrar multas o desalojar, mientras la policía se resistía a lo que consideraba una “jurisdicción sobre personas y cosas a todas luces ilegal”.

La policía argumentaba que su misión principal era la seguridad y la prevención, y que la intervención en tareas municipales los “distraía” de su función. Los jefes de policía, como O’Gorman o Marcos Paz, insistían en la necesidad de una “Ley Orgánica de Policía” y un “código de contravenciones” que definiera claramente sus límites y procedimientos. Argumentaban que la Municipalidad debía dotarse de su propio personal de inspección para evitar que la policía tuviera que aplicar multas sin juicio previo o arrestar a quienes no podían pagarlas, lo que consideraban “abusivo, ilegal y contrario a los principios más elementales del derecho”.

La Visión Interna de la Policía: Entre la Arbitrariedad y la Necesidad

Curiosamente, la propia policía, incluidos algunos jefes y comisarios, reconocía el carácter arbitrario y discrecional de las contravenciones. O’Gorman, por ejemplo, lamentaba que la determinación del monto de la multa y los días de arresto quedara “sometido al puro arbitrio del jefe de policía”, calificando esta facultad como “odiosa”. Otros, como Domingo Viejobueno y José Garmendia, también pedían un “código de contravenciones” para reducir ese margen de arbitrio.

En publicaciones como “La Revista de Policía”, órgano de prensa de comisarios y altos funcionarios, se discutía la incierta definición legal de estas atribuciones, que motivaban constantes denuncias por abuso de autoridad. Se reclamaba una “ley clara y explícita” que justificara los procedimientos policiales y pusiera a salvo sus responsabilidades. La policía, en esencia, no cuestionaba la necesidad de regular la vida urbana, sino la falta de un marco legal claro que legitimara sus acciones y las protegiera de acusaciones de arbitrariedad.

La ley de policía, con sus edictos y contravenciones, se caracterizó por su pragmatismo y maleabilidad. Las alteraciones en el poder contravencional se basaban en informes sobre el estado actual de los problemas, nutridos de datos estadísticos. Esto se veía, por ejemplo, en la punición de la portación de armas o el consumo de alcohol, donde la policía buscaba la utilidad de la norma en la experiencia real de la ciudad, más allá de consideraciones de justicia abstracta. Si bien la distinción entre infracción y delito era borrosa en la práctica, y muchas acciones caían bajo categorías elásticas como “desorden” o “escándalo”, el objetivo era siempre el disciplinamiento de la vida urbana y el mantenimiento del orden público.

Preguntas Frecuentes (FAQ)

¿Qué son exactamente los edictos policiales?

Los edictos policiales eran disposiciones normativas, herederas de los “bandos de buen gobierno” coloniales, emitidas por la autoridad policial (inicialmente el gobernador, luego el jefe de policía) para regular aspectos de la vida cotidiana en la ciudad de Buenos Aires. Se centraban en contravenciones, es decir, infracciones menores que no constituían delitos graves, buscando mantener el orden, la salubridad y las buenas costumbres. Se publicaban mediante afiches y en la prensa periódica, y se aplicaban a través de multas y arrestos.

¿Qué es el nuevo texto de la Policía Nacional?
El nuevo texto de la Policía Nacional establece que: El Uniformado que haya sido sancionado disciplinariamente tres (3) o más veces en los últimos cinco (5) años, por faltas graves o leves dolosas o por ambas, las cuales se encuentren ejecutoriadas, será retirado del servicio activo y no podrá volver a pertenecer a la Policía Nacional.

¿Cuál era el rol del comisario en la aplicación de los edictos?

El comisario era la figura clave en la aplicación de los edictos. Era el “delegado del jefe” y la autoridad policial en su sección o barrio. Tenía la potestad de imponer multas y arrestos a los infractores, y también de elaborar los sumarios iniciales en casos de delitos, ejerciendo un considerable “poder contravencional” y “poder sumarial”. Su estabilidad en el cargo, a diferencia de los jefes de policía, lo convirtió en el rostro más visible y duradero de la autoridad policial a nivel barrial.

¿Por qué hubo conflictos entre la policía y la municipalidad por los edictos?

Los conflictos surgieron tras la creación de la Municipalidad de Buenos Aires en 1856, que promulgaba sus propias ordenanzas. La Municipalidad esperaba que la policía actuara como “auxiliar de la fuerza pública” para hacer cumplir sus disposiciones, especialmente en la recaudación de multas o desalojos. Sin embargo, la policía se resistía, argumentando que esto los desviaba de su misión principal de seguridad y prevención, y que la Municipalidad debía contar con sus propios inspectores. La policía veía la intervención en asuntos municipales como una extralimitación y una fuente de arbitrariedad.

¿Cómo se castigaban las infracciones a los edictos?

Las infracciones a los edictos policiales se castigaban principalmente con multas económicas, que variaban según la gravedad de la contravención. En caso de no poder pagar la multa, el infractor podía ser sometido a un arresto por una cantidad determinada de días. Adicionalmente, se utilizaba la publicidad de los nombres de los infractores en periódicos o boletines policiales como una forma de ataque a la reputación y castigo social.

¿Cómo se trataban los escritos policiales en la época?

El trato adecuado para los escritos policiales, especialmente aquellos dirigidos a autoridades de alto rango, era formal y protocolario. Aunque en el pasado se utilizaba el tratamiento “ILTMO. SR.” (Ilustrísimo Señor), con el tiempo se fue simplificando. El tratamiento común y adecuado para dirigirse al jefe de una comisaría era “Sr. Comisario, Jefe de la Comisaría... X”. Los escritos debían ser claros, imparciales y justicieros, evitando apreciaciones morales o calificativos hirientes, y manteniendo el carácter secreto de los sumarios.

¿Existen libros específicos sobre ética policial en este contexto histórico?

El texto proporcionado no menciona libros específicos dedicados a la “Ética Policial” en el contexto histórico de la Buenos Aires del siglo XIX. Sin embargo, sí se alude a discusiones internas dentro de la policía, reflejadas en publicaciones como “La Revista de Policía”, donde se debatía sobre la necesidad de leyes claras y explícitas para justificar los procedimientos policiales y evitar el abuso de autoridad, lo que indirectamente abordaba principios éticos y de responsabilidad.

Conclusión

Los edictos policiales, con su larga historia desde los bandos coloniales, fueron mucho más que simples disposiciones de “menor cuantía” en la Buenos Aires del siglo XIX. Constituyeron un sistema de control urbano, un poder contravencional ejercido capilarmente por los comisarios, que moldeó la vida cotidiana de la población. Aunque a menudo fueron objeto de críticas por su arbitrariedad y por las tensiones que generaban con la Municipalidad y el poder judicial, los edictos reflejan la autonomía y el peso inercial de las prácticas policiales frente al sistema legal formal. La figura del comisario, con su capacidad de aplicar multas, ordenar arrestos o resolver conflictos fuera de los tribunales, se erigió como un protector y, a veces, un símbolo de injusticia en el imaginario popular, dejando un legado que perduraría cómodamente en el siglo XX y que sigue siendo relevante para entender la historia del orden público en Argentina.

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