12/11/2023
La mañana del 5 de febrero de 1975, la capital peruana, Lima, y su puerto vecino, el Callao, se despertaron con una ausencia inquietante: la protección policial brillaba por su ausencia. Lo que inicialmente parecía una anomalía, pronto se reveló como la manifestación más visible de un profundo malestar interno en las fuerzas del orden. Una huelga convocada por la Guardia Civil, y acatada por las tres instituciones que conformaban la Policía Nacional de aquel entonces, desató una jornada de caos y violencia que sacudió los cimientos del gobierno del General Juan Velasco Alvarado, dejando una cicatriz imborrable en la memoria colectiva del país.

Cientos de personas, algunas impulsadas por el descontento, otras por la oportunidad, iniciaron desmanes y saqueos a entidades públicas y privadas. Fueron horas de pánico, saqueos y un desorden social que evidenció la fragilidad de un régimen militar que, hasta ese momento, parecía inquebrantable. Para comprender la magnitud de lo sucedido, es fundamental retroceder en el tiempo y analizar las condiciones que germinaron este estallido.
- Los Cimientos del Malestar: La Policía Peruana en 1975
- La Chispa que Encendió la Pradera: El Origen de la Huelga
- El Día del Caos: Lima Desprotegida
- Entre el Tumulto y la Política: ¿Una Revuelta Orquestada?
- La Represión Militar: Una Intervención Sin Cuartel
- Ecos de un Día Sombrío: Testimonios y la Censura
- Las Consecuencias Políticas: El Fin de una Era y el Ascenso de un Nuevo Liderazgo
- El Amanecer Incierto: El Día Después de la Huelga
- ¿La Historia se Repite? Reflexiones sobre el Presente (a 35 años)
- Preguntas Frecuentes sobre la Huelga Policial de 1975
- ¿Qué fue la huelga policial de 1975 en Lima?
- ¿Cuáles fueron las causas principales de esta huelga?
- ¿Cómo se desarrolló el 5 de febrero de 1975?
- ¿Hubo participación política en los saqueos y disturbios?
- ¿Cómo reaccionó el Ejército frente al caos?
- ¿Qué impacto tuvo la huelga en el gobierno de Velasco Alvarado?
Los Cimientos del Malestar: La Policía Peruana en 1975
En 1975, la estructura de la institución policial peruana era considerablemente diferente a la actual. Estaba fragmentada en tres cuerpos distintos, cada uno con sus propias funciones y particularidades, aunque bajo una misma bandera nominal. Estas eran:
- La Guardia Civil: Encargada de la seguridad pública y el orden interno. Era el cuerpo más numeroso y visible en las calles.
- La Guardia Republicana: Responsable de la seguridad de los recintos penitenciarios y de la protección de las fronteras.
- La Policía de Investigaciones (PIP): Dedicada a la investigación criminal y la lucha contra el delito.
Esta división, sin embargo, no era el único factor de descontento. La policía en su conjunto se sentía marginada de la estructura de poder que dominaba el país. El gobierno militar de Velasco Alvarado había concentrado el poder en manos de las Fuerzas Armadas, relegando a la policía a un segundo plano. Una de las mayores afrentas era que el jefe de la Policía Nacional no era un oficial de la propia institución, sino un General del Ejército. Esta situación generaba una profunda frustración y un sentimiento de falta de autonomía y reconocimiento.
Pero más allá de la cuestión de estatus, el principal motor del descontento era económico. Los policías percibían que no recibían los mismos beneficios salariales ni las mismas oportunidades de ascenso en puestos públicos que los miembros de otras fuerzas armadas. En un contexto de creciente crisis económica e incertidumbre política que afectaba al gobierno de Velasco Alvarado —quien, además, enfrentaba serios problemas de salud—, la disparidad salarial se convirtió en un polvorín a punto de explotar. La huelga, en su esencia, fue un grito desesperado por mejores condiciones de vida y un reconocimiento justo a su labor.
Aunque la cuestión salarial fue el detonante principal, un incidente particular, ampliamente recordado, se sumó a la tensión preexistente. Se cuenta que un edecán del General Velasco Alvarado, en un acto de prepotencia, abofeteó a un miembro de la Guardia Civil. Este suceso, aunque aparentemente menor, fue la gota que rebalsó el vaso, sirviendo como un catalizador para el inicio del amotinamiento. La Guardia Civil, sintiendo que su dignidad había sido ultrajada, decidió que era el momento de actuar, y el Cuartel de Radio Patrulla en La Victoria se convirtió en el epicentro de la insurrección.
La Chispa que Encendió la Pradera: El Origen de la Huelga
El ambiente en el Perú de 1975 era de efervescencia. El gobierno de Velasco Alvarado, que había llegado al poder en 1968 con una propuesta revolucionaria, se encontraba en una fase de desgaste. El propio Velasco estaba gravemente enfermo, lo que generaba un vacío de poder y especulaciones sobre su sucesión. A esto se sumaba una creciente crisis económica que afectaba directamente el bolsillo de los ciudadanos, y una atmósfera de incertidumbre política que mantenía a la población en vilo. En este escenario de fragilidad, la situación interna de la policía era particularmente delicada.
Como se mencionó, la desatención a las demandas salariales de los agentes policiales era un problema crónico. A diferencia de los militares, los policías no gozaban de los mismos beneficios ni de la misma consideración en la escala de prioridades del régimen. Esta disparidad, sumada a la percepción de ser una institución subordinada y poco valorada, creó un caldo de cultivo para la protesta. El incidente del edecán, si bien pudo ser un rumor o un hecho aislado, simbolizó el desprecio que sentían por parte de las altas esferas del poder militar, empujándolos a la acción.
El amotinamiento no fue espontáneo en su inicio. Comenzó con un grupo significativo de policías que se negaron a salir a sus patrullas, atrincherándose en el Cuartel de Radio Patrulla en La Victoria. Este acto de rebeldía, inusual para una fuerza del orden, se gestó en medio de la frustración acumulada, marcando el inicio de una secuencia de eventos que llevaría a la capital al borde del abismo.
El Día del Caos: Lima Desprotegida
La huelga policial no fue un evento de un solo día, sino la culminación de un proceso. Todo comenzó el 3 de febrero, cuando un gran número de policías se amotinó en el Cuartel de Radio Patrulla en La Victoria. Durante los días 3 y 4, la presencia policial en las calles de Lima fue mínima, con solo unos pocos agentes cumpliendo sus labores. La tensión se palpaba en el aire, pero el gobierno, quizás subestimando la gravedad de la situación, no reaccionó con la celeridad necesaria.
Para la madrugada del 5 de febrero, la insurrección policial en el cuartel fue finalmente controlada por los militares. Según algunas versiones, esto se logró sin pérdidas humanas, lo que sugiere una negociación o una rendición de los amotinados. Sin embargo, el control del cuartel no significó el fin del problema. Por la mañana de ese mismo día, ningún policía salió a las calles de Lima. La ciudad estaba completamente desprotegida. Los militares, que se suponía debían asumir el control, se demoraron en salir, apareciendo en las calles recién alrededor de la 1 de la tarde.
Esta ventana de desgobierno, que duró varias horas cruciales, fue aprovechada por diversos elementos. Delincuentes comunes, viendo la oportunidad, iniciaron saqueos a tiendas y establecimientos comerciales. Pero el caos no fue solo obra de la delincuencia. Elementos organizados, contrarios al gobierno militar, también salieron a las calles. Aprovecharon la ausencia de autoridad para protestar abiertamente contra el régimen, atacar dependencias públicas y quemar periódicos que estaban bajo el control del gobierno. La imagen de una Lima convulsionada, con humo elevándose desde edificios y multitudes descontroladas, se grabó a fuego en la memoria colectiva.
Entre el Tumulto y la Política: ¿Una Revuelta Orquestada?
Lo que se observó en Lima ese 5 de febrero no fue simplemente una explosión de descontento popular o delincuencia común. La dirección de los manifestantes hacia los periódicos incautados por el gobierno militar, las arengas específicas contra el régimen y la aparente coordinación de algunos grupos, sugerían que había una mano organizadora detrás de los disturbios. No se trataba de una manifestación espontánea y desorganizada; todo indicaba un cierto tipo de manejo político de la situación.
La información disponible apunta a que estos saqueos y protestas organizadas estuvieron ligados al partido opositor más fuerte y estructurado de la época: el APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana). Curiosamente, el año anterior, en 1974, la tradicional manifestación por el Día de la Fraternidad Aprista (celebrada cada 22 de febrero) había sido escasa, casi imperceptible. Sin embargo, en 1975, la misma celebración fue triunfante y apoteósica, lo que podría interpretarse como una demostración de fuerza tras los eventos de febrero.
Este contraste sugiere un complejo juego político subyacente. Más allá de la protesta callejera generada por el descontento policial, existía una estrategia de poder. Los grupos opositores vieron en la huelga policial una oportunidad de oro para desestabilizar al gobierno de Velasco Alvarado y demostrar su propia capacidad de movilización y presión. Los saqueos, si bien condenables, sirvieron como una herramienta para amplificar el mensaje de malestar y debilitar la imagen del régimen.
La Represión Militar: Una Intervención Sin Cuartel
Ante la escalada del caos y la violencia, la intervención del Ejército se hizo inevitable. Sin embargo, esta llegó tarde y, cuando lo hizo, fue con una fuerza desproporcionada. Algunas versiones sugieren que la demora en intervenir se debió a que nadie en el gobierno creía que la situación podría volverse tan radical y descontrolada. Pero una vez que las tropas salieron a las calles, su acción fue sumamente violenta.
Los militares dispararon contra la multitud, apresaron a numerosas personas y, en un intento por recuperar los bienes saqueados, llegaron a entrar casa por casa. Hay relatos de personas que, para evitar ser descubiertas y llevadas presas, lanzaban electrodomésticos y otros objetos robados por las ventanas y los techos de sus viviendas. La situación era de extrema tensión y miedo. Aunque no se puede calificar como una masacre en el sentido más estricto, fue un episodio de gran violencia, con un saldo considerable de pérdidas humanas.
Las cifras oficiales del gobierno reportaron 86 muertes, pero numerosas fuentes y testimonios de la época sugieren que el número real fue significativamente mayor. La brutalidad de la represión militar evidenció la desesperación del régimen por retomar el control de la capital y restaurar el orden a cualquier costo, dejando un amargo sabor a represión en la conciencia colectiva.
Ecos de un Día Sombrío: Testimonios y la Censura
La huelga policial y los subsiguientes disturbios dejaron una marca profunda en quienes los vivieron. He tenido la oportunidad de conversar con personas que estuvieron en el centro de Lima ese fatídico día. Varios de ellos eran estudiantes universitarios, muchos de ellos apristas, que salieron a las calles con un idealismo genuino, buscando manifestarse contra el régimen militar. Sin embargo, se encontraron de pronto en medio de los saqueos, un escenario para el que no estaban preparados y que los descolocó.
Por otro lado, numerosos trabajadores que nada tenían que ver con las protestas se vieron atrapados en el epicentro del caos. De improviso, la situación se tornó peligrosa y tuvieron que buscar refugio en los sótanos de sus oficinas, temiendo por su seguridad. La incertidumbre era total; nadie sabía realmente lo que estaba pasando más allá de su entorno inmediato.
Esta confusión se vio agravada por la ausencia de libertad de prensa. En esa época, los medios de comunicación estaban controlados por el gobierno militar, lo que significaba que la información que se difundía estaba fuertemente filtrada y censurada. No había forma de enterarse de la magnitud real de los acontecimientos, de las causas profundas o de las consecuencias. La población vivía en un velo de desinformación, lo que aumentaba el miedo y la sensación de vulnerabilidad.
Las Consecuencias Políticas: El Fin de una Era y el Ascenso de un Nuevo Liderazgo
La huelga policial de febrero de 1975 fue un golpe devastador para el gobierno de Velasco Alvarado, que ya se encontraba debilitado. Una entrevista realizada a Velasco en la revista Caretas en 1977, poco antes de su muerte, revela la profunda amargura con la que recordaba este evento. Para él, la protesta no fue solo una demanda salarial, sino una conspiración para sacarlo del poder.
Velasco no dudó en acusar directamente al APRA y, lo que es aún más revelador, a miembros de su propio Ejército. Afirmó que la orden que él dio para que el Ejército recuperara las calles se cumplió de forma deliberadamente tardía. Señaló específicamente al General Vargas Prieto, entonces jefe del Ejército, y al Comandante General de la Región Militar de Lima, como responsables de la demora en sacar las tropas a la calle. Estas acusaciones, aunque no probadas, reflejan la profunda desconfianza y las luchas internas que corroían al régimen.
El impacto de la huelga fue inmediato y decisivo. Pocos meses después, en agosto de 1975, el General Francisco Morales Bermúdez, quien había sido Primer Ministro y Comandante General del Ejército, dio un golpe de estado en Tacna, deponiendo a un enfermo Velasco Alvarado. Este golpe, conocido como el 'Tacnazo', marcó el fin de la primera fase del Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas y el inicio de la segunda fase, liderada por Morales Bermúdez. Bajo su mando, el régimen comenzó a eliminar progresivamente a los elementos más radicales de izquierda y, significativamente, abrió espacios para conversar con el APRA, el partido al que Velasco había acusado de la insurrección. La huelga policial fue, sin duda, un factor clave en la caída de Velasco y en el reacomodo de las fuerzas políticas en el Perú.
El Amanecer Incierto: El Día Después de la Huelga
Al día siguiente de la huelga, Lima amaneció bajo un manto de seguridad y silencio. El gobierno lanzó un comunicado oficial, el único medio de información disponible, en el que ofrecía las cifras oficiales de lo sucedido. La capital estaba militarizada: tanques patrullaban las calles y soldados custodiaban cada esquina, hasta que la situación se normalizó. Los medios de comunicación, controlados por el estado, solo reproducían la versión oficial, impidiendo cualquier tipo de análisis o crítica.
La sensación generalizada que dejó este episodio fue la de un gobierno débil, que había llegado al extremo de perder el control de su propia capital durante un día entero. La pregunta que flotaba en el aire era evidente: ¿cuánto tiempo más podría durar un gobierno que había demostrado tal vulnerabilidad? La huelga policial de 1975 fue mucho más que una simple protesta laboral; fue un mensaje contundente de los grupos políticos opositores al régimen.
El mensaje era claro: el gobierno ya no era lo suficientemente fuerte como para seguir persiguiendo y reprimiendo al APRA y a otras fuerzas políticas. Era hora de pactar o enfrentar una escalada aún mayor de desestabilización. Velasco, obnubilado por su enfermedad y su visión del poder, no pareció comprender la magnitud de este mensaje. Por ello, cuando Morales Bermúdez se levantó en Tacna, Velasco, buen militar y consciente de su condición, aceptó la derrota, marcando el fin de su era.
¿La Historia se Repite? Reflexiones sobre el Presente (a 35 años)
La entrevista de donde se extrae esta información fue realizada 35 años después de los eventos de 1975, en un contexto en el que Perú se encontraba al borde de un nuevo paro, esta vez con el APRA en el gobierno. Esta situación invitaba a la reflexión sobre si la historia podría repetirse.
En el momento de la entrevista, existía un fuerte discurso nacionalista que tendía a idealizar a las fuerzas armadas y a la policía. El nacionalismo peruano, forjado a partir de sus guerras y héroes como Grau y Bolognesi, convierte a estas instituciones en símbolos tutelares de la nación. Por lo tanto, cualquier error gubernamental, como la promesa y posterior retiro de un bono para las fuerzas del orden, podía ser fácilmente instrumentalizado por medios de comunicación o grupos opositores para generar un rédito político, argumentando que se estaba atacando a una institución fundamental.
Sin embargo, la probabilidad de que se produjera una huelga policial similar a la de 1975 era, según los expertos, muy baja. El Perú de la época de la entrevista era un país, aunque con muchos problemas, considerablemente más estable que el de 1975. Aquel era un Perú al borde del abismo, marcado por la violencia política y una profunda crisis económica. En el presente, no existía una fuerza política capaz de apoyar y organizar una manifestación de tal magnitud y con tales consecuencias, como lo hizo el APRA en la década de los 70. La ausencia de un grupo político que pudiera tomar las riendas de un posible amotinamiento policial hacía que un escenario como el de 1975 fuera altamente improbable.
Preguntas Frecuentes sobre la Huelga Policial de 1975
Aquí respondemos algunas de las preguntas más comunes sobre este trascendental evento en la historia peruana:
¿Qué fue la huelga policial de 1975 en Lima?
Fue un paro convocado por la Guardia Civil el 5 de febrero de 1975, al que se unieron las otras dos ramas de la Policía Nacional (Guardia Republicana y Policía de Investigaciones). Dejó a Lima y el Callao sin protección policial, lo que derivó en horas de caos, desmanes y saqueos, sacudiendo el gobierno del General Velasco Alvarado.
¿Cuáles fueron las causas principales de esta huelga?
La causa principal fue el profundo malestar de los policías por sus bajos sueldos y la marginación de beneficios y puestos públicos en comparación con los militares. Este descontento se agudizó en un contexto de crisis económica y política del gobierno de Velasco, y un incidente, al parecer un edecán de Velasco abofeteó a un Guardia Civil, sirvió como detonante.
¿Cómo se desarrolló el 5 de febrero de 1975?
El amotinamiento comenzó el 3 de febrero en el Cuartel de Radio Patrulla. Para la madrugada del 5, los militares controlaron la insurrección en el cuartel. Sin embargo, ningún policía salió a las calles esa mañana, dejando la ciudad desprotegida hasta que los militares intervinieron más tarde, alrededor de la 1 de la tarde. Este lapso fue aprovechado por delincuentes y grupos opositores para generar caos y saqueos.
¿Hubo participación política en los saqueos y disturbios?
Sí, la evidencia sugiere que los saqueos y ataques a dependencias públicas no fueron espontáneos. La dirección de los manifestantes hacia periódicos del gobierno y las arengas políticas indicaban una organización. Se cree que el partido opositor APRA tuvo un papel significativo en la orquestación de estos eventos para desestabilizar al gobierno militar.
¿Cómo reaccionó el Ejército frente al caos?
La intervención del Ejército fue tardía, pero extremadamente violenta. Los militares dispararon contra la multitud, realizaron arrestos masivos y llevaron a cabo registros casa por casa para recuperar bienes saqueados. Aunque no se calificó como una masacre, dejó un saldo de 86 muertos según cifras oficiales, y se estima que fueron más, con una fuerte represión para restaurar el orden.
¿Qué impacto tuvo la huelga en el gobierno de Velasco Alvarado?
La huelga fue un golpe decisivo para el gobierno de Velasco, quien la consideró un intento de sacarlo del poder. Pocos meses después, en agosto de 1975, el General Francisco Morales Bermúdez realizó un golpe de estado que depuso a Velasco. La huelga expuso la debilidad del régimen y el mensaje de que era necesario un pacto con las fuerzas opositoras, como el APRA.
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