06/01/2024
La historia de la policía colonial es un relato complejo y a menudo brutal, que se entrelaza con las dinámicas de poder, la opresión y la resistencia en territorios dominados por imperios. Lejos de ser meros garantes del orden, estos cuerpos policiales fueron instrumentos fundamentales para la imposición de una voluntad extranjera, la explotación económica y la supresión de cualquier forma de disidencia. Su evolución y acciones, desde las antiguas estructuras hispanas hasta las fuerzas represivas del siglo XX, revelan un patrón de control que dejó cicatrices profundas en las sociedades colonizadas.

- Las Raíces del Orden Colonial: La Policía en la América Española (Quito como Ejemplo)
- La Opresión Japonesa y la Reconstitución del Terror en Corea
- La Rebelión Dule de 1925: Un Grito contra la "Civilización" Panameña
- Cuando la "Liberación" se Convierte en Masacre: El Caso de Cheju-do y Seúl
- Un Legado de Abusos y Resistencia
- Preguntas Frecuentes
Las Raíces del Orden Colonial: La Policía en la América Española (Quito como Ejemplo)
En los albores de la colonización española en América, la estructura policial era incipiente, pero se fue consolidando y adaptando a las necesidades del control territorial. El cabildo, máxima autoridad de villas y ciudades, concentraba el poder político, judicial, administrativo y policial. Dentro de esta institución, los alcaldes ordinarios administraban justicia, mientras que el alguacil mayor, a menudo designado anualmente entre los regidores, y los alguaciles menores, se encargaban de las tareas operativas de seguridad.
Con el paso del tiempo, se crearon roles más específicos. En 1537, por ejemplo, se nombró a un Juez de Aguas en Quito, con funciones policiales para supervisar la limpieza y sancionar a quienes ensuciaran. Hacia 1808, la ciudad de Quito ya contaba con un Juez de Policía, cuyas responsabilidades incluían el aseo de casas, patios, calles y abastos, evidenciando una preocupación por la higiene pública y el control de la vida urbana.
La creación de la Real Audiencia de Quito en 1563, por disposición del Rey Felipe II, trajo consigo la formación de un nuevo cuerpo de alguaciles, esta vez dependientes directamente de esta alta corte. Este cuerpo, compuesto por un alguacil mayor, dos menores y varios corchetes (auxiliares), buscaba centralizar y profesionalizar la actividad policial en la capital.
Un elemento clave en la policía rural fue la institución de los Alcaldes de la Hermandad, inspirada en la Santa Hermandad de España. Establecidos en Quito en 1573, estos alcaldes tenían plenas atribuciones para designar a sus propios auxiliares, los cuadrilleros, y eran vitales para mantener el orden en las zonas rurales, resistiendo la opresión de la nobleza local y reprimiendo ciertos crímenes. Su paga, obtenida de las costas impuestas a los reos, reflejaba la precariedad y el auto-sostenimiento de estos cuerpos.
Las funciones de la policía colonial trascendían la mera persecución del crimen. Incluían un control férreo sobre la vida cotidiana de los ciudadanos. El toque de queda, una de las primeras medidas de control social, se implementó en Quito ya en 1537, buscando reducir los asaltos nocturnos y mantener la paz. Quienes lo incumplían se arriesgaban a la confiscación de armas y a severas condenas. La prohibición de juegos, especialmente los de azar como dados y naipes, era otra prioridad, ya que se consideraban una amenaza a la moral y al orden social. Los mercaderes tenían prohibido fiar dinero para estos fines, y el Rey llegó a imponer penas más severas para los jugadores en 1602.
Incluso las festividades populares estaban bajo vigilancia. Los disfraces durante el carnaval quedaron terminantemente prohibidos en Quito desde la creación de la Real Audiencia, y se imponían multas y encarcelamientos a quienes osaran arrojar agua o huevos. El uso de máscaras y el cubrimiento del rostro también estaban restringidos, mostrando un intento de control sobre la identidad y el comportamiento público.
Un aspecto peculiar de la época fue el derecho a “acogerse al sagrado”, que permitía a los delincuentes refugiarse en iglesias para evadir la justicia. Sin embargo, se dictaminaron normas para evitar que la justicia fuera burlada, permitiendo a los oidores sacar a los delincuentes de los templos.
Hacia finales del siglo XVIII, surgieron los Alcaldes de Barrio (1777) y los Jueces de Barrio (1731), que dependían del cabildo y ayudaban a los alcaldes en sus funciones, acercando la vigilancia a la comunidad. El primer reglamento de policía formal, los “Capítulos de buen gobierno”, fue expedido en 1791, estableciendo normas contra la blasfemia, la contaminación, la embriaguez y el ruido nocturno. A pesar de estos avances, el cuerpo de serenos, creado en 1799, sufría de baja paga y castigos internos, lo que dificultaba el reclutamiento. La posterior aparición de los Tenientes Pedáneos, especialmente en zonas rurales, buscó reforzar la autoridad policial. Finalmente, en 1822, el “Reglamento Provisional de Policía” estableció como objetivo conocer todo sobre las personas que entraban y salían del pueblo, sentando las bases de un control de registro de población.
La Opresión Japonesa y la Reconstitución del Terror en Corea
La experiencia de Corea bajo el colonialismo japonés, especialmente entre 1905 y 1945, ilustra un modelo de policía colonial de extrema brutalidad. La Policía Nacional Japonesa, una versión asiática de la Gestapo, era considerada una de las más opresivas del mundo, con poderes y atribuciones casi absolutas. Sus operaciones eran a menudo secretas y al margen de la ley, diseñadas principalmente para eliminar la oposición política. Se encargaba del registro, control y observación de grupos antijaponeses, implementaba la censura de prensa y comunicaciones, y controlaba gran parte de la administración local, incluida la recaudación de impuestos. La cárcel sin derecho era la norma, y la tortura una práctica común.

Tras la rendición de Japón en 1945 y la llegada de las tropas estadounidenses al sur de la península, la situación, lejos de mejorar, se tornó en muchos sentidos peor. El general John Reed Hodge, al mando de las fuerzas estadounidenses, se propuso reconstituir el estado colonial, y para ello, se alió con los remanentes del ejército imperial japonés y sus agentes. La reconstrucción del aparato estatal implicó la creación de una burocracia leal, una policía nacional y cuerpos militares separados de la gente.
La Policía Nacional de Corea del Sur fue diseñada a imagen y semejanza de su predecesora japonesa. Aunque se le cambió la etiqueta, el contenido represivo era el mismo. El número de policías se incrementó significativamente: de 20,000 miembros para toda la península (en su mayoría japoneses) antes de 1945, a más de 25,000 solo para Corea del Sur en octubre de ese mismo año. Lo más alarmante fue el reclutamiento de coreanos que habían servido en la policía colonial japonesa o en el ejército imperial. Cerca de 5,000 miembros del nuevo cuerpo policial habían sido activos con los japoneses antes de 1945, y ocho de cada diez oficiales de la «nueva» policía nacional habían sido oficiales en la «vieja». Además, se abrió la puerta a gendarmes corruptos que huían del norte, muchos de los cuales habían participado en la tortura de campesinos, estudiantes y obreros durante la era colonial. Esta institución recibió equipo de guerra sofisticado y un avanzado sistema de comunicaciones, convirtiéndose en una fuerza contrarrevolucionaria clave para frenar el impulso de los comités populares.
La Rebelión Dule de 1925: Un Grito contra la "Civilización" Panameña
La Revolución Dule de 1925 en Panamá es un testimonio desgarrador de los abusos de la policía colonial y la resistencia de un pueblo. El Estado Nacional de Panamá, en su afán de "civilizar y progresar" al pueblo Dule (también conocido como Kunas), impuso un colonialismo interno brutal. La "Policía Colonial" o los Naggar Sidsgan, compuesta por soldados incultos, fue la herramienta principal de esta opresión.
Las razones esgrimidas por Panamá para esta intervención eran la supuesta incivilización de los Dules y sus intensos intercambios comerciales con extranjeros, en detrimento de los criollos panameños. La "civilización y progreso" se tradujo en la eliminación de rasgos culturales, el menosprecio de costumbres, el desconocimiento de autoridades tradicionales y la venta de tierras Dule a grandes comerciantes criollos y estadounidenses. Esto llevó a la introducción de presos y criminales criollos como mano de obra, quienes arrasaron cultivos, aumentaron los asaltos y violaciones. Los caucheros, por su parte, robaban cayucos, saqueaban siembras y talaban árboles frutales, pagando tributos al gobernador criollo.
Los abusos de los Naggar Sidsgan eran sistemáticos y humillantes. Uno de los más infames era obligar a las mujeres Dule a bailar con los policías, despojándolas de su vestimenta tradicional (la morra) y arrancándoles narigueras y abalorios. Las que se negaban eran encarceladas, multadas e incluso violadas. Los hombres que se oponían a que sus parientes femeninas fueran a los bailes eran maltratados, encarcelados, multados y obligados a realizar trabajos forzados. Económicamente, el 50% de los productos del trabajo masculino (pesca, agricultura) iba a parar a las barracas de la Policía Colonial. Se impusieron nuevos impuestos a los pescadores de tortugas, se crearon tiendas estatales que vendían licor y se obligó a los Dules a vender sus cocos y caparazones de tortugas a precios irrisorios. Los hombres eran forzados a trabajar desde temprano hasta el ocaso.
El incidente del 20 de abril de 1921, conocido como La Noche Triste del Colonialismo Interno, fue un punto de inflexión. En la isla de Yandup, la policía intentó obligar a las mujeres a cambiar su vestimenta. Una mujer que escapó provocó que la policía encarcelara a su hija, yerno e hijo. Esto llevó a la organización del pueblo de Uwargandup. Al atacar la policía su islilla, murieron dos policías Dule colaboradores. A pesar de la brutalidad admitida por el jefe policial Miguel Gordon Herrera, este continuó en su cargo, intensificando la tensión y hostilidad en la región.
La culminación de estos abusos fue la Revolución Dule, que estalló durante el Carnaval de 1925. El 12 de febrero, se proclamó la “Declaración de Independencia y Derechos Humanos del Pueblo Tule de San Blas y de Darién”. Diez días después, liderados por Nele Kantule, Olonïgindibipi Colman y Olonïbiginya, los Dules lanzaron ataques coordinados contra los cuarteles de la Policía Colonial en todo el archipiélago. La insurrección fue violenta, con enfrentamientos y muertes de policías y colaboradores. La revolución fue tan contundente que el 4 de marzo de 1925, con mediación de Estados Unidos, se firmó un Acuerdo de Paz, donde el gobierno panameño se comprometió a proteger los usos y costumbres de los Dules y a no imponer escuelas en castellano (aunque este último punto no se cumplió). Esta revolución, aunque a menudo minimizada por la historiografía panameña, fue un rotundo éxito en la defensa de los derechos humanos y la autodeterminación.
Cuando la "Liberación" se Convierte en Masacre: El Caso de Cheju-do y Seúl
La intervención estadounidense en Corea tras la Segunda Guerra Mundial, bajo el pretexto de la "liberación", se convirtió en un capítulo oscuro de abusos y masacres, que Albizu Campos denunció con vehemencia. En lugar de apoyar la genuina revolución social que florecía en el sur de la península con los comités populares, EE.UU. procedió a suprimirla brutalmente, utilizando una fuerza policial y militar reconstituida con antiguos colaboradores japoneses.
La isla de Cheju-do, con su historia de rebelión y su cultura independiente, se convirtió en un epicentro de esta represión. A pesar de la distancia geográfica que la mantuvo inicialmente fuera del radar del Gobierno Militar estadounidense, la isla se convirtió en un foco de resistencia. El 1 de marzo de 1947, una marcha pacífica en conmemoración de la Proclama de Independencia de 1919 fue brutalmente reprimida por la Policía Nacional de Corea del Sur, instigada por EE.UU., resultando en muertes y torturas. La isla fue despojada de sus funcionarios locales, y se trajeron gendarmes anticomunistas y el Grupo de Jóvenes del Noroeste (Súpuk), una organización fascista, para imponer un régimen de terror, controlando el racionamiento de arroz y ejerciendo poderes policiales dictatoriales.

La noche del 3 de abril de 1948, miles de campesinos de Cheju encendieron fogatas en el volcán Halla, proclamando el inicio de una insurrección armada. Esta Rebelión del 3 de abril, que duró casi doce meses, fue una guerra campesina contra un gobierno militar impuesto por EE.UU. La historia de esta masacre fue silenciada por cincuenta años, pero las investigaciones posteriores revelaron que entre 30,000 y 80,000 civiles inocentes fueron asesinados por tropas militares y grupos fascistas comandados por el Ejército de EE.UU. Esto equivalía a al menos el 10% de la población local, y hasta una cuarta parte. El coronel Rothwell Brown, del Ejército de EE.UU., implementó las Scorched Earth Tactics (tácticas de tierra quemada), destruyendo miles de casas y estableciendo campos de concentración (caseríos herméticos). La Rebelión de Yosu en octubre de 1948, un levantamiento de regimientos de condestables que se negaron a participar en las operaciones de Cheju-do, demostró la extensión de la oposición a estas políticas represivas.
La "liberación" de Seúl en septiembre de 1950, según el corresponsal de guerra Reginald William Thompson en su libro Cry Korea, fue igualmente devastadora. Antes del desembarco en Incheon, la islita de Wolmi fue bombardeada con napalm, matando a decenas de civiles. La entrada de las tropas estadounidenses a Seúl fue precedida por un bombardeo incesante que dejó la ciudad en ruinas. Thompson describió una "guerra asesina" contra un pueblo casi desarmado, donde la muerte rara vez era resultado de un enfrentamiento directo, sino de la destrucción masiva a distancia. Los soldados estadounidenses, según Thompson, mostraban una actitud racista, utilizando epítetos despectivos como "gook" y exhibiendo un deseo generalizado de matar. Los prisioneros eran humillados, desfilando desnudos con las manos en la cabeza. Los cálculos más conservadores estiman que 50,000 civiles murieron en los ocho días que tomó bombardear y capturar Seúl. La ceremonia de victoria de MacArthur, con sus pompas y discursos sobre "justicia, misericordia y perdón", contrastaba horriblemente con las prisiones llenas y los fusilamientos masivos que ocurrían simultáneamente, lo que Thompson calificó de una "liberación espantosa y triste, sin esplendor militar alguno."
Un Legado de Abusos y Resistencia
La historia de la policía colonial, en sus diversas manifestaciones, revela un patrón consistente de opresión y violencia. Ya sea en la América Española, bajo el yugo japonés en Corea, o en el contexto del colonialismo interno panameño, estos cuerpos se erigieron como garantes de un orden impuesto, diseñado para perpetuar la dominación y la explotación. Sus métodos, que iban desde la regulación de la vida cotidiana hasta la supresión brutal de movimientos populares, dejaron una marca indeleble en la memoria colectiva de los pueblos colonizados.
El caso de Corea, como bien documenta Bruce Cumings, no fue solo un conflicto internacional, sino una guerra civil con profundas raíces en el colonialismo, el latifundismo y la opresión nacional. La intervención estadounidense, al igual que en otros lugares, buscó frenar una revolución en curso, recurriendo a una violencia desproporcionada y a la complicidad de antiguos colaboradores. La tragedia de Cheju-do y la devastación de Seúl son ejemplos palpables de cómo la "liberación" puede transformarse en masacre cuando los intereses imperiales prevalecen sobre la autodeterminación de un pueblo.
Los abusos de la policía colonial no solo se manifestaron en la violencia física, sino también en la supresión cultural, la explotación económica y la humillación sistemática. La resistencia, aunque a menudo sangrienta, fue una constante, demostrando la inquebrantable vocación de libertad de los pueblos. El discurso de Pedro Albizu Campos en Lares, denunciando la movilización forzada de puertorriqueños a la Guerra de Corea, resalta la tragedia de los colonizados convertidos en "carne de cañón" para defender los intereses de sus opresores, en un conflicto que reflejaba las mismas injusticias que sufrían en su propia tierra.
Preguntas Frecuentes
¿Qué era la policía colonial?
La policía colonial era un cuerpo de seguridad y control establecido por una potencia imperial en sus territorios dominados. Su función principal no era solo mantener el orden público, sino también hacer cumplir las leyes y políticas impuestas por la metrópoli, a menudo en detrimento de la población local, y reprimir cualquier forma de resistencia o movimiento independentista.
¿Cuáles eran las principales funciones de la policía colonial?
Las funciones variaban según el contexto y la época, pero generalmente incluían: mantener el orden público, recaudar impuestos, censurar la prensa y las comunicaciones, controlar el tránsito y los desplazamientos de la población, imponer toques de queda y regulaciones morales (como prohibir juegos o ciertos disfraces), y, crucialmente, suprimir la disidencia política y los levantamientos populares, a menudo con gran brutalidad. También podían ser utilizadas para facilitar la explotación económica del territorio.
¿Cómo se reclutaba a la policía colonial?
El reclutamiento podía ser mixto. A menudo, incluía personal de la metrópoli (militares o agentes especializados) y, con el tiempo, se incorporaba a miembros de la población local. Sin embargo, estos reclutas locales solían ser seleccionados por su lealtad a la potencia colonial o por pertenecer a grupos minoritarios o élites que se beneficiaban del sistema, y no por su adhesión a los intereses de su propio pueblo. En muchos casos, como en Corea, se reclutó a antiguos colaboradores del régimen opresor anterior.
¿Hubo resistencia contra la policía colonial?
Sí, la resistencia contra la policía colonial fue una constante. Esta resistencia podía manifestarse de diversas formas: desde protestas pacíficas y desobediencia civil hasta levantamientos armados y revoluciones, como la Revolución Dule en Panamá o las insurrecciones en Corea. A menudo, la brutalidad de la policía colonial era un catalizador para estas revueltas, uniendo a la población en su contra.
¿Desapareció por completo la policía colonial tras la independencia?
No siempre. En muchos casos, tras la independencia o el cambio de dominio colonial, los nuevos estados o administraciones adoptaron, o incluso heredaron, estructuras y prácticas de la policía colonial. En Corea, por ejemplo, la policía surcoreana bajo el amparo de EE.UU. reclutó a muchos antiguos oficiales de la policía japonesa, manteniendo la continuidad en la represión y el control social, aunque bajo una nueva bandera. Esto demuestra que el legado de la policía colonial a menudo perduró mucho más allá del fin formal del dominio extranjero.
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