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La Policía en La Plata durante el 17 de Octubre de 1945

29/06/2025

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El 17 de octubre de 1945 es una fecha grabada a fuego en la historia argentina, un hito que marcó el nacimiento de un movimiento político y social de trascendencia innegable. Si bien la atención suele centrarse en la Plaza de Mayo y la figura de Juan Domingo Perón, es crucial observar lo que aconteció en otras ciudades clave, como La Plata, para comprender la complejidad y las diversas dimensiones de aquella jornada. Lejos de ser un mero apéndice de los sucesos capitalinos, La Plata fue escenario de una movilización singular, caracterizada por la fuerza de los trabajadores, la expresión de resentimientos de clase y, de manera notable, la ausencia o inacción de las fuerzas policiales, lo que permitió que la ciudad experimentara un nivel de caos y destrucción sin precedentes.

¿Qué pasó con la policía en La Plata?
Casi una hora después, se reunió otra multitud que apedreó nuevamente el edificio. Hacia las diez, la policía había reaparecido en las calles céntricas y la gente se dispersó. Al amanecer del 18 de octubre, los habitantes de La Plata se encontraron con un espectáculo que no tenía precedentes.
Índice de Contenido

La Plata en la Antesala del 17 de Octubre: Una Calma Engañosa

Antes de la explosión del 17 de octubre, el ambiente en La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires, era de aparente calma y confianza para las fuerzas antiperonistas. La destitución de Perón el 9 de octubre y su posterior arresto el 13 parecían haber inclinado la balanza definitivamente en contra del entonces vicepresidente. La Universidad Nacional de La Plata, un bastión de la oposición al gobierno militar, había recuperado su normalidad tras ser intervenida y sus estudiantes desalojados violentamente a principios de mes. Incluso se había iniciado una investigación sobre la brutal represión policial durante la huelga estudiantil y se había designado un nuevo interventor federal en la provincia, mientras un juez federal investigaba al jefe de policía provincial y sus subordinados. En este clima de euforia, poca atención se prestaba a la creciente inquietud en la cercana Berisso, una comunidad obrera industrial.

Berisso: El Corazón Obrero que Latía por Perón

La comunidad de Berisso, con una de las mayores concentraciones de obreros industriales de Argentina, mantenía una relación particularmente estrecha con Perón. Los trabajadores de los frigoríficos Swift y Armour, a través de su incipiente Sindicato Autónomo de la Industria de la Carne, habían visto en Perón un aliado clave para consolidar su organización sindical. La noticia de su caída y confinamiento generó una profunda repercusión. Ya el 15 de octubre, a pesar de los intentos de contención de la Federación Obrera de la Industria de la Carne (conducida por comunistas), comenzaron las manifestaciones espontáneas. Columnas de unas 700 personas, principalmente al término de la jornada laboral, marchaban por las calles de Berisso coreando el nombre de Perón y exigiendo su libertad. La escena se repitió el 16 de octubre, con la suma de mujeres y trabajadores de Villa San Carlos, enfrentando gases lacrimógenos pero reagrupándose una y otra vez. La noche del 16, Berisso estaba envuelta en una atmósfera de expectativa, con noticias de paros en el sur del Gran Buenos Aires y los preparativos finales del sindicato para una huelga y movilización masiva el 17.

El 17 de Octubre en La Plata: Una Ciudad Invadida

Al amanecer del 17 de octubre, Berisso amaneció paralizada. Piquetes frente a los frigoríficos, la fábrica textil y en todos los accesos, especialmente en el puente Roma que la conecta con Ensenada, cortaron la comunicación. Camiones y tranvías que venían de La Plata fueron volcados, aislando la ciudad. Comisiones obreras recorrieron comercios y escuelas en La Plata, Ensenada y Berisso, demandando el cierre. El cronista de La Nación reportó a las 11 de la mañana un aspecto “francamente anormal” en Berisso, con comercios cerrados y columnas de obreros con retratos de Perón. A mediodía, una gran masa de trabajadores de frigoríficos, el puerto y la fábrica textil, junto a un contingente de Villa San Carlos (muchos “portando abiertamente armas de fuego”), se congregaron para marchar hacia La Plata. La ciudad, con sus rumores inquietantes, vio interrumpidas sus líneas de tranvías y la aparición de vehículos publicitarios de la manifestación. Hacia el mediodía, manifestantes se reunieron en el Paseo del Bosque, punto de acceso desde Berisso. A las dos de la tarde, un grupo inicial marchó por diagonal 79, destruyendo vallados de obras en construcción y persuadiendo a personal de sanidad para que cerrara. El contingente principal de Berisso llegó cerca de las cuatro de la tarde, tras recorrer diez kilómetros a pie, a caballo o en vehículos. La multitud, ya fervorosa, se dirigió al centro de la ciudad. Arrojaron piedras al diario “El Día” y atacaron negocios. Al pasar frente a la universidad, cantaron el himno nacional y luego, entre burlas, corearon “¡alpargatas sí, libros no!”. Finalmente, llegaron a la plaza San Martín, frente a la Casa de Gobierno, donde pronunciaron discursos y aclamaron al nuevo interventor federal, general Sáenz. Una delegación obrera se entrevistó con él, expresando su preocupación por Perón.

La Policía Ausente: El Escenario para la Iconoclasia

Aunque la manifestación oficialmente había concluido con la entrevista con Sáenz, para muchos participantes la movilización estaba lejos de terminar. Grupos de obreros, armados con ramas y proyectiles, se dispersaron por la elegante zona céntrica de La Plata. Pasaron frente a la corresponsalía de La Prensa, el Banco Comercial, la casa Lutz Ferrando, el negocio Jacobo Peuser y el Jockey Club, concentrándose en la calle 50 para acometer contra estos edificios con una intensa pedrea. Otros grupos atacaron y saquearon diversos negocios y confiterías de moda. Incluso las instalaciones de los clubes deportivos Estudiantes y Gimnasia y Esgrima fueron objeto de atentados. El diario El Día fue apedreado nuevamente, y tres de sus vehículos fueron volcados y destruidos. Otros periódicos como El Argentino y la corresponsalía de Crítica también sufrieron ataques. Lo más llamativo fue la casi total ausencia de la policía o su “actitud meramente contemplativa”, lo que permitió que la violencia escalara. Los manifestantes agredían a quienes identificaban como estudiantes, golpeando a jóvenes por negarse a vitorear a Perón e incluso atacando domicilios familiares. Estos hechos culminaron con una incursión contra la residencia del rector de la universidad, Dr. Calcagno, que fue saqueada y destruida en gran parte de sus interiores. A pesar de la llegada de refuerzos policiales con el general Sáenz, la calma no se restauró por completo hasta avanzada la noche.

El 18 de Octubre: La Resaca del Caos

El amanecer del 18 de octubre reveló una La Plata irreconocible: calles sin limpiar, vidrios rotos, puertas y ventanas destrozadas. La CGT había proclamado oficialmente una huelga nacional, respaldando el paro de hecho del día anterior. Muchos manifestantes de Berisso y Ensenada habían pasado la noche en plazas y parques de la ciudad, y se esperaba su retorno. Pequeños grupos de adolescentes, armados con piedras y garrotes, deambulaban por las calles, ordenando a los comerciantes que no abrieran. Continuaron los ataques a casas particulares, y el depósito principal de la fábrica de cerveza Quilmes fue invadido, distribuyéndose grandes cantidades de cerveza. La multitud volvió a descargar su ira sobre los mismos blancos: El Día, bares y confiterías céntricas, y otros negocios en zonas menos elegantes. La total ausencia policial a mediodía dejó la ciudad “a merced de las furiosas provocaciones de los manifestantes”. Faroles, letreros eléctricos y carteleras fueron destrozados. El Comité Intersindical, con Cipriano Reyes a la cabeza (quien había estado en Buenos Aires el día anterior), intentó retomar el control. Convocaron a una concentración en Plaza San Martín, apelando a la calma y pidiendo a los trabajadores que depusieran sus armas. Aunque esto tuvo algún efecto, los ataques continuaron, incluyendo nuevas pedreas a las oficinas de La Prensa y La Nación, y un ataque a una manzana de finos negocios. Hacia las 19:30, largas columnas de trabajadores regresaron a Berisso y Ensenada, y la policía montada reapareció. Las escaramuzas persistieron hasta las 22:30, con manifestantes arrojando piedras y bombas molotov contra El Día. A medianoche, por primera vez en dos días, la presencia policial era plena y los manifestantes se dispersaron, muchos por agotamiento. Los destrozos considerables fueron cuantificados: El Día publicó una lista de 167 incidentes mayores, sin contar los de menor cuantía, concentrados en la zona céntrica y consistiendo mayormente en la rotura de vidrieras, carteles y objetos de vidrio.

Interpretando la Violencia: La "Iconoclasia Laica"

Los sucesos de La Plata, replicados en menor medida en otras ciudades, desafían la visión oficial del 17 de octubre como una “revolución popular y pacífica”. Lejos de ser meros “incidentes aislados”, estos eventos ofrecen una ventana a una forma particular de protesta social: la iconoclasia laica. Este término, tomado de la antropología, describe la destrucción pública y deliberada de símbolos sagrados con el propósito de suprimir la lealtad y el respeto hacia las instituciones que los representan. En La Plata, esta iconoclasia se manifestó en la violación de instituciones, símbolos y normas que transmitían y legitimaban la riqueza y el prestigio social. La transgresión de las normas de comportamiento público obrero, la falta de solemnidad, los cantos populares, bailes en la calle, silbidos, vociferaciones, el uso de bombos y la escritura con tiza en todo lo que veían, fueron percibidos como una afrenta por los partidos tradicionales de izquierda (comunistas, anarquistas, socialistas), quienes veían en esto la participación de elementos “lumpen” o “de hampa”, no de genuinos trabajadores.

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Más allá de la celebración carnavalesca, hubo un fuerte matiz de resentimiento de clase. El relato de un obrero de Berisso sobre un compañero exultante frente a una joyería destrozada, gritando “¡nunca en mi puta vida tuve un reloj!”, ejemplifica la descarga de amargura. Los ataques a los centros sociales y lugares de diversión de la elite, como el Jockey Club y confiterías de moda, fueron manifestaciones directas de esta iconoclasia. La violencia, en muchos casos, tuvo un carácter ritualista, buscando la destrucción pública del prestigio y la inviolabilidad de estas instituciones, más que el ataque individual. La burla y el ridículo también fueron herramientas, como el burro con un letrero ofensivo para profesores universitarios en Rosario, o los manifestantes en La Plata desfilando con un ataúd “hostil contra los estudiantes y los periódicos”. El desprecio por los códigos de vestimenta, usando ropa de trabajo en el centro de la ciudad, o las burlas contra los “jóvenes engominados” y quienes usaban zapatos lustrados, eran parte de este “contra-teatro” de desafío a la autoridad simbólica.

Los Blancos de la Ira: Universidad y Prensa

Es notable que, a pesar de ser una movilización obrera organizada por sindicatos, los ataques no se dirigieran a fábricas, ni a edificios gubernamentales o policiales. De hecho, la policía estuvo casi ausente, y en Avellaneda, el principal mitin del 18 se realizó frente a la comisaría. Los blancos principales fueron, en cambio, las universidades, los estudiantes y los órganos de prensa. En La Plata, hubo enfrentamientos con estudiantes, asaltos a pensiones estudiantiles y la marcha pasó deliberadamente por la zona universitaria, entonando “¡Alpargatas sí, libros no!” y “¡Menos cultura y más trabajo!”. El saqueo de la residencia del rector fue la culminación de este encono. Los diarios platenses fueron quemados ritualmente, y sus oficinas atacadas repetidamente. Esta ira se dirigía a la prensa y la universidad porque eran reconocidas como enemigos políticos y bastiones de la oposición al gobierno militar y a Perón. En ausencia de un conflicto directo entre capital y trabajo o una intervención estatal contundente, la contienda se trasladó al plano de la dominación simbólica y el poder cultural. La clase obrera, históricamente excluida de la “esfera pública” donde se generaba este poder, atacó precisamente a las entidades que definían la legitimidad social y cultural, el “capital cultural y simbólico”. Buscaban reafirmar su propio poder simbólico y la legitimidad de sus reclamos, así como el reconocimiento de su experiencia y valores en la esfera pública. Las manifestaciones anticulturales eran una afirmación de que, a pesar de la exclusión del sistema educativo elitista, su experiencia tenía un valor cultural propio.

¿Quiénes Eran los Manifestantes? La Juventud al Frente

La sociología de los acontecimientos de octubre no permite una división simplista entre una “nueva” clase obrera migrante y una “europeísta” tradicional. Aunque Berisso tenía una fuerza laboral compuesta por inmigrantes europeos y migrantes internos, no hay evidencia de que solo los segundos apoyaran a Perón o impulsaran la movilización. La distinción más relevante parece ser generacional. Casi todos los comentaristas destacaron la juventud de los participantes: la mayoría de los manifestantes en Buenos Aires, Rosario, Córdoba y La Plata tenían menos de 25 años, y los involucrados en los actos más violentos tenían un promedio de 19 años. Los testimonios orales se referían constantemente a los participantes como “pibes” y “muchachos”. Cipriano Reyes, líder de los obreros de Berisso, vinculó esto al surgimiento de un sindicalismo combativo en los frigoríficos a principios de los años cuarenta: una “nueva ola” de jóvenes obreros, menos aprensivos y más decididos, que tomaron la iniciativa por Perón. Los periódicos de la época, como La Capital de Rosario, alertaban sobre el peligro de estos grupos jóvenes, “más audaces, más agresivos”, que negaban la necesidad de la cultura social a través de la universidad y la prensa, instando a los partidos políticos a prestar atención a esta masa ciudadana “inexperta, indócil y desorientada”.

La Lucha por la Jerarquía Espacial: Ciudad y Periferia

Implícita en la movilización de octubre hubo una contienda por la jerarquía espacial y las propiedades territoriales. La prensa de la época utilizaba la metáfora de la ciudad (centros residenciales y administrativos, sede del poder político y cultural) versus la periferia (suburbios, lo desconocido, lo que no valía la pena conocer). Reporteros de Buenos Aires enfatizaban que los manifestantes venían de zonas suburbanas como Avellaneda, Lomas de Zamora, Gerli, Lanús, entre otras, como si quisieran subrayar su ajenidad de la “auténtica ciudad”. En La Plata, el contraste era aún más pronunciado. La ciudad era un modelo de planeamiento urbano, un centro administrativo, educativo y cultural, con calles amplias y edificios planificados. Berisso y Ensenada, aunque técnicamente parte de La Plata, eran un mundo aparte, dominado por los frigoríficos, con casas de chapa y una realidad social distinta. Los acontecimientos de octubre violaron esta convención: los suburbios invadieron el centro. No fue un asunto trivial, recordando el incidente de 1910 en Buenos Aires donde estudiantes quemaron un “circo popular” en el centro para preservar la “dignidad del centro de la ciudad”. El desdén de la prensa, como Crítica, que se quejaba de las “muchedumbres” que “agraviaron el buen gusto y la estética de la ciudad, afeada por su presencia en nuestras calles”, revela la exclusividad social y la división entre el “nosotros” (el “pueblo” legítimo de la ciudad) y el “ellos” (los “no pueblo”, los intrusos que afeaban las calles). Fue precisamente para acabar con esa “glacial indiferencia” y el desdén simbolizado por la ciudad que la multitud se lanzó a las calles el 17 y 18 de octubre.

Preguntas Frecuentes sobre el 17 de Octubre en La Plata

¿Qué fue el 17 de octubre de 1945?
Fue una movilización masiva de trabajadores en Argentina que exigió la liberación y restitución en el gobierno de Juan Domingo Perón, quien había sido destituido y arrestado. Este evento marcó el nacimiento del movimiento peronista.
¿Por qué la policía no actuó en La Plata el 17 y 18 de octubre?
El texto indica una notable ausencia policial o una “actitud meramente contemplativa” durante los días de los disturbios en La Plata. Esto permitió que la violencia escalara y que los manifestantes pudieran llevar a cabo sus acciones de protesta y destrucción sin una contención significativa. El texto no especifica la razón de esta inacción, pero sugiere que el conflicto se manifestó en el plano simbólico y cultural debido a la ausencia de fuerzas militares y policiales directas.
¿Quiénes participaron en las movilizaciones de La Plata?
Principalmente trabajadores de los frigoríficos de Berisso, del puerto, de la fábrica textil, de la construcción, ferroviarios y portuarios. También se sumaron mujeres, contingentes de Villa San Carlos y adolescentes. Una característica destacada fue la juventud de la mayoría de los manifestantes, muchos de ellos con menos de 25 años.
¿Qué significado tuvieron los ataques a la universidad y la prensa?
Estos ataques, parte de la “iconoclasia laica”, no fueron aleatorios. La universidad y la prensa eran percibidas como enemigos políticos y bastiones de la oposición al gobierno militar y a Perón. Para la clase obrera, excluida de la “esfera pública” de poder cultural, atacar estos símbolos era una forma de reafirmar su propio poder simbólico y la legitimidad de sus reclamos, desafiando las ideas vigentes sobre la legitimidad social y cultural.
¿Qué era la "iconoclasia laica" en este contexto?
Se refiere a la destrucción pública y deliberada de símbolos que representan instituciones, riqueza y prestigio social, con el propósito de negarles autoridad y poder simbólico. En La Plata, se manifestó en ataques a edificios de elite, universidades, periódicos, y en comportamientos que transgredían las normas de decoro y buena conducta de la época, como bailes en la calle, cantos populares y burlas a las "buenas costumbres".

Conclusión: La Ambivalencia de un Hito

Los sucesos de octubre en La Plata, con su mezcla de festividad carnavalesca y violencia iconoclasta, revelan la profunda complejidad del surgimiento del peronismo. No se trató solo de la defensa de intereses económicos y sociales, sino de un cuestionamiento social más amplio a las jerarquías y símbolos de autoridad establecidos. La notable inacción policial permitió que estas manifestaciones de resentimiento de clase y búsqueda de reconocimiento cultural se expresaran con una fuerza inusitada. El peronismo, como fenómeno, se mostró desde sus orígenes como algo ambiguo: por un lado, una sublevación popular que desafiaba las normas, y por el otro, la adhesión a una figura militar autoritaria. Este ensayo ha buscado explorar esa ambivalencia, sugiriendo que el 17 de octubre en La Plata fue un breve levantamiento del velo que oculta las relaciones sociales y culturales, exponiendo una lucha por el reconocimiento y el poder simbólico que fue, en última instancia, más perdurable y heroica que los meros beneficios materiales.

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