26/12/2025
La historia de la inteligencia en el Perú es un relato intrínsecamente ligado a la evolución de sus fuerzas armadas, especialmente el Ejército. Desde mediados del siglo XX, en un contexto de Guerra Fría y la creciente amenaza de la subversión interna, la necesidad de un aparato de inteligencia nacional se hizo palpable. Este artículo desentraña la profunda influencia castrense en la conformación y desarrollo de la inteligencia peruana, explorando sus orígenes históricos, su andamiaje legal, los perfiles de sus líderes y la constante adaptación a los desafíos internos y externos, incluyendo sus vínculos con otras naciones de la región. Se analizará cómo la visión militar, moldeada por doctrinas extranjeras y experiencias locales, definió la naturaleza de los servicios de inteligencia, marcando un camino que, si bien buscaba la seguridad y el desarrollo, también tuvo sus episodios de represión y controversia.

- Los Cimientos: Decisión Política y Militar
- El Marco Legal: Inteligencia con Base Jurídica
- Perfil y Evolución del Aparato de Inteligencia
- La Transformación del Ejército Peruano y la Inteligencia
- Paralelismos Regionales: Bolivia y México
- Focos Insurreccionales y Estrategias Contrasubversivas
- El Legado de la Marina de Guerra en la Inteligencia
- Década de Turbulencias: Golpes, Guerrillas e Inteligencia
- La Dimensión Represiva: Relaciones con Argentina y Chile
- Preguntas Frecuentes
- Conclusiones
Los Cimientos: Decisión Política y Militar
La gestación de la inteligencia peruana no puede entenderse sin considerar el contexto post-Segunda Guerra Mundial, un periodo marcado por la propagación de revoluciones y la desestabilización de regímenes políticos. En esta coyuntura, las Fuerzas Armadas y el autoritarismo político desempeñaron un papel preponderante en las fases iniciales de la actividad de inteligencia en el Perú.
Desde la década de 1950, bajo el régimen militar del dictador y general del Ejército Manuel Odría, el entonces Ministro de Gobierno y Policía (hoy Ministerio del Interior), Alejandro Esparza Zañartu, impulsó la recreación de servicios de inteligencia con alcance nacional. Esparza Zañartu, figura civil del régimen, fue inmortalizado por Mario Vargas Llosa como el personaje “Cayo Bermúdez” en su aclamada novela “Conversación en La Catedral”. Aquellos fueron tiempos de dura persecución militar contra militantes comunistas y, especialmente, apristas (miembros de la Alianza Popular Revolucionaria Americana – APRA), el partido fundado por Víctor Raúl Haya de la Torre.
La legislación de la época reflejaba esta mano dura. El Decreto Ley Nº 11049, conocido como la Ley de Seguridad Interior de la República, promulgado el 1 de julio de 1949, incluyó en su artículo 4° la pena de muerte para diversos delitos. Esta norma fue la versión peruana de la controvertida “ley maldita” chilena (Ley Nº 8987 de 1948), cuyo objetivo era neutralizar la actividad y expansión del Partido Comunista de Chile (PCCh) y otros movimientos políticos.
En paralelo, el general peruano Marcial Romero Pardo, director del Centro de Altos Estudios Militares (CAEM, hoy Centro de Altos Estudios Nacionales – CAEN), destacó la imperiosa necesidad de vincular la seguridad con el desarrollo nacional. Sus planteamientos buscaban establecer directrices para enfrentar el creciente fenómeno de la guerra no convencional (subversiva, revolucionaria o insurgente), una preocupación compartida por los militares latinoamericanos tras la revolución china de Mao, los procesos de descolonización, las guerras en Argelia e Indochina, y el surgimiento del movimiento de países No Alineados en la Conferencia de Bandung de 1955. La modernización del Ejército peruano se orientó hacia estos nuevos escenarios y desafíos globales. La incorporación de las tesis de seguridad nacional y hemisférica amplió la participación militar en temas de desarrollo, utilizando la inteligencia para combatir al enemigo subversivo, lo que a su vez proyectó su participación en la política como una extensión de la actividad militar.
En este fértil terreno germinó la idea de crear servicios de inteligencia, en particular uno de carácter político-estratégico de “nivel nacional” que unificara los esfuerzos. El objetivo era que los militares comprendieran el mundo civil e incursionaran en los denominados campos, dominios o factores no militares de la seguridad y defensa nacional. Contrario a algunas tesis, no se encontraron indicadores relevantes que sugieran que el estancamiento de la demarcación fronteriza con Ecuador o las tensiones con Chile por la Guerra del Pacífico tuvieran un impacto determinante en la creación de un organismo de inteligencia de alcance nacional. Por el contrario, hubo colaboración internacional, como la Declaración de Santiago sobre la zona marítima de 1952, que incluyó a Ecuador.
El nacimiento de la inteligencia en el Ejército peruano fue fuertemente influenciado por la capacitación recibida por muchos oficiales en Fort Holabird, sede del Centro y Escuela de Inteligencia del US Army, entre 1950 y 1971. De esta formación surgieron tres militares que ejercieron una influencia decisiva en la creación, institucionalización y consolidación de la inteligencia militar y nacional: Juan Bossio Collas, Marcial Romero Pardo y Edgardo Mercado Jarrín.
Otros centros académicos norteamericanos, como el Special Warfare Center and School (en Fort Bragg) y la Escuela de las Américas (en Panamá), también entrenaron a cientos de oficiales peruanos. La concepción de la misión de acción cívica de los militares se arraigó en la percepción de que las fuerzas armadas son parte primigenia en el nacimiento del país, o que los militares están mejor organizados para asumir el control del Estado, o que los civiles no son aptos para ejercer cargos de gobierno. Esta formación en inteligencia fue crucial, tal como señaló el entonces coronel Jorge Fernández Maldonado, porque “toda la información reunida por el Servicio de Inteligencia en la década de los sesenta fue más valiosa para tener una visión de los problemas del Perú”. Los egresados de la Escuela de Inteligencia comprendieron la necesidad de un cambio a nivel nacional para erradicar la injusticia social, la dependencia y la explotación, situaciones que sirvieron de caldo de cultivo para los levantamientos subversivos en el Perú.
El Marco Legal: Inteligencia con Base Jurídica
La inteligencia peruana, en su fase de formación, requería un soporte legal robusto. Este se materializó con la creación del Servicio de Inteligencia Nacional (SIN) mediante un Decreto Supremo de solo 12 artículos, promulgado el 27 de enero de 1960 por el entonces Presidente Constitucional de la República Manuel Prado y Ugarteche, junto a su Ministro de Justicia, Raúl Gómez de la Torre Tamayo. El primer jefe del SIN fue el general EP Julio Doig Sánchez, quien posteriormente sería Ministro de Guerra (actualmente, Ministerio de Defensa) durante el gobierno del expresidente Constitucional Fernando Belaúnde Terry.
El 30 de septiembre de 1960, se promulgó otro Decreto Supremo, aún más breve, que puede considerarse el principio del Sistema de Inteligencia Nacional (SINA). Su Considerando señalaba la necesidad de precisar las relaciones entre el SIN y los Ministerios, sentando las bases de una estructura más amplia. La innegable influencia del Ejército en el SIN se evidenció en el hecho de que sus jefaturas recayeron exclusivamente en oficiales de esta institución armada desde 1960 hasta bien entrada la década de 1980, perfilando una fuerte influencia castrense en materia de inteligencia.
El Considerando del Decreto Supremo de creación del SIN de 1960, sin numeración y solo con fecha, reflejaba la complejidad de la Defensa Nacional y la necesidad de contar con “organismos especiales” para el cumplimiento de las funciones asignadas al Presidente de la República por la Constitución y las leyes. El artículo 4° de dicha norma adscribió el SIN a la Presidencia de la República, buscando estructurar las relaciones funcionales entre el productor y el usuario de la inteligencia.
En el SIN, la idea de que el servicio estuviera adscrito a la Presidencia de la República se mantuvo y maduró, incluso durante el Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada (GRFA), que asumió el poder el 3 de octubre de 1968 tras derrocar a Belaúnde Terry. Este GRFA, presidido por el general Juan Velasco Alvarado, promulgó el Decreto Ley N° 17532, Ley Orgánica de la Presidencia de la República, el 25 de marzo de 1969. Siendo Ministro de Guerra y Presidente del Consejo de Ministros del GRFA el General de División EP Ernesto Montagne Sánchez, el artículo 7° de esta ley estableció la dependencia directa del SIN con la Presidencia, señalando que el SIN era el encargado de suministrar la inteligencia necesaria “para la conducción de la política de seguridad del Estado”. Esto otorgaba a la inteligencia injerencia en los campos o dominios no militares de la seguridad nacional. Hubo un consenso, tanto en democracia como en dictadura militar, sobre esta adscripción del SIN a la Presidencia de la República.
Finalmente, el Decreto Ley N° 19351 (1972) constituyó jurídicamente el “Sistema de Inteligencia Nacional” (SINA), también bajo la presidencia del Consejo de Ministros del general Montagne. Esta norma diseñó el Consejo Superior de Inteligencia (COSI), hoy conocido como Consejo de Inteligencia (COIN) en la normatividad peruana. Durante la gestión del SIN bajo el general Julio Doig, destacaron oficiales como José Arce Larco (futuro Vicealmirante, Ministro de Marina del GRFA y Embajador en EE.UU.) y Luis Barandiarán Pagador (ex Jefe de Inteligencia de la FAP y Ministro de Estado en la segunda fase del GRFA).
Perfil y Evolución del Aparato de Inteligencia
La formación de los militares peruanos, y por ende, el perfil de su aparato de inteligencia, estuvo influenciada por diversas misiones militares. Destaca la influencia francesa, que desde 1896 moldeó el pensamiento del ejército peruano, orientándolo hacia temas de desarrollo nacional y con una fuerte presencia fundacional, más ideológica que administrativa. Esta influencia también se extendió a la lucha contrasubversiva, con base en las doctrinas de Gallieni y Lyautey.
La influencia norteamericana, por su parte, evolucionó de la defensa hemisférica a la seguridad interna y el entrenamiento contrasubversivo. Se impartieron conocimientos sobre seguridad interna, inteligencia militar, comando y estado mayor, así como la importancia de la acción cívica para fomentar el crecimiento económico y mitigar el descontento social, especialmente en el ámbito rural.
El pensamiento castrense incorporó la información como clave para el éxito, considerando a la población como objetivo para la recolección de datos. Se estudiaron los problemas sociales y se emplearon métodos de las ciencias sociales en sus investigaciones. Estas influencias doctrinarias moldearon el perfil de inteligencia de acuerdo con las necesidades peruanas de lucha contrasubversiva y su enfoque en el frente interno.
Una característica notable fue la continuidad en la designación y el perfil de las jefaturas del SIN durante todo el régimen militar del GRFA (1968-1980) y hasta bien iniciada la década de 1980: todos fueron oficiales del Ejército con grado de general, incluyendo a Eduardo Segura Gutiérrez, Rudecindo Zavaleta Rivera, Rafael Hoyos Rubio, Juan Schroth Carlín, Mario Villavicencio Alcázar y Ludwig Essenwanger Sánchez. Sin embargo, hacia 1983, la jefatura recayó en oficiales de la Marina de Guerra: los almirantes Juan Bergelund Remy, Javier Ernesto Rocha Mujica y Edgardo Colunge Guevara. Estos últimos, oficiales navales, buscaron dar una nueva dirección al SIN para enfrentar la guerra revolucionaria maoísta del Partido Comunista Peruano-Sendero Luminoso (PCP-SL), durante el segundo gobierno democrático del entonces presidente Fernando Belaúnde Terry.
Entre 1983 y 1985, se produjeron cuatro factores clave en el SIN que reflejaron esta adaptación:
- Creación de un Comité de Asesores (COA-SIN): Se integraron profesionales civiles de las ciencias sociales, como Francisco Loayza Galván y Rafael Merino Bartet, quienes ya habían trabajado en el Comité de Asesores del Primer Ministro (COAPRIM) entre 1973 y 1975, bajo las órdenes del General Edgardo Mercado Jarrín y Jorge Fernández Maldonado Solari.
- Promulgación de los Decretos Legislativos N° 270 y 271 en 1984: Con el objetivo de mejorar la estructura institucional del SINA y su ente rector, el SIN.
- Creación de la Escuela de Inteligencia Nacional (ESIN) en 1984: Con el propósito de formar analistas y agentes de colección de información. Los cursos, como el Curso Superior de Inteligencia y el Curso de Agentes de Inteligencia (CAI), comenzaron a impartirse en 1985.
- Cambio en el procedimiento y políticas de reclutamiento: El SIN empezó a integrar en sus convocatorias a profesionales civiles con experiencia laboral en el sector público. Esto respondía claramente al esfuerzo por diseñar una estrategia integral contra el terrorismo que incluyera el análisis de los campos o dominios no militares de la seguridad, denominados: 1) campo político, 2) campo económico y 3) campo psicosocial.
Este escenario demuestra que a principios de la década de 1980, el estamento castrense peruano tuvo una clara intención de mejorar, adaptar y reorientar el SINA y el SIN en función del escenario estratégico interno de aquellos tiempos. Esta iniciativa se debió a la inicial y lenta comprensión que tuvieron del nuevo conflicto subversivo, donde la policía solo reaccionaba investigando después de los atentados, y buscaba enfrentar y sortear en las mejores condiciones posibles la amenaza terrorista del PCP-SL y, secundariamente, del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA).
La Transformación del Ejército Peruano y la Inteligencia
El conservador expresidente Manuel Prado tuvo razones estratégicas para crear el SIN durante el apogeo de la Guerra Fría y la política hemisférica de contención al comunismo. En este periodo, los ejércitos de las Fuerzas Armadas en América Latina estuvieron predominantemente bajo las influencias doctrinarias norteamericana y francesa, buscando enfrentar el fenómeno de la guerra no convencional. Esto fue evidente en el caso peruano con las reformas institucionales del Ejército, lideradas por el entonces general EP Alfredo Rodríguez Martínez, ex Comandante General del Ejército de Manuel Prado, y posteriormente por los Comandantes Generales EP Alejandro Cuadra Ravines y Víctor Tenorio Hurtado.
El antecedente normativo de lucha contra el comunismo fue el Proyecto de Ley de Defensa de la Democracia del Poder Ejecutivo en 1958. Esta iniciativa buscaba prohibir toda actividad radical izquierdista en el país, influenciada por los acontecimientos en Europa del Este, el fortalecimiento de la “cortina de hierro”, la Revolución China de Mao Tse Tung en 1949 y la revolución cubana. El pensamiento de Sherman Kent, a través de su libro “Inteligencia Estratégica para la Política Mundial Norteamericana”, se difundió en los Estados Unidos y entre las Fuerzas Armadas del hemisferio, llegando a ser un texto fundamental en la bibliografía de inteligencia hasta la publicación de “Producción de Inteligencia Estratégica. Principios Básicos” del Brigadier Washington Platt.
De manera progresiva, se fue incubando internamente el desarrollismo, reformismo y nacionalismo militar peruano, formando militares comprometidos con reformas sociales que se distanciaban de algunos de sus pares latinoamericanos, quienes apostaban doctrinariamente a la clásica tesis de la seguridad hemisférica en pleno furor de la Guerra Fría. Este proceso peruano se afianzaría con la fundación y actividad formativa del Centro de Altos Estudios Militares (CAEM) en la década de 1950, que constituyó un “medio catalizador” que cristalizó la actitud modernizadora en los oficiales militares.
Paralelismos Regionales: Bolivia y México
El proceso de creación de organizaciones de inteligencia en Perú no fue un caso aislado en la región. Las experiencias de Bolivia y México ofrecen paralelismos interesantes y, en algunos casos, precedentes para la conformación del SIN peruano.
La Experiencia Boliviana
A fines de la década de 1950, en La Paz, Bolivia, tras la cruenta revolución boliviana de 1952, dos acontecimientos influyeron notablemente en la creación del SIN peruano en 1960:
- Durante el periodo de trabajo del agregado militar coronel EP Juan Bossio Collas en la Embajada del Perú en Bolivia, este oficial, perteneciente al arma de caballería y con afinidad por la actividad de inteligencia, observó de cerca los acontecimientos en el país altiplánico. Su experiencia en Bolivia y su propia carrera militar fueron fundamentales para impulsar la institucionalización de la inteligencia nacional. Posteriormente, Bossio fue jefe del SIN y, siendo General de Brigada, asumió el cargo de Ministro de Gobierno y Policía durante la Junta Militar de Gobierno de 1962.
- El entonces presidente Hernán Siles Zuazo, líder del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), decidió crear la Dirección General de Informaciones y Seguridad del Estado, dependiente del Ministerio de Gobierno, mediante el Decreto Supremo N° 5154 (1959). Este acontecimiento ocurrió menos de un año antes de la decisión de Prado para la creación del SIN en Perú.
La parte considerativa del Decreto Supremo N° 5154, con solo cinco escuetos artículos, mencionaba “Orden Interno” y “Seguridad Exterior”, términos propios del argot de inteligencia y relacionados con la anticipación, apreciación y el conocimiento. Esta norma otorgó funciones para que la Dirección “recoja [colección, recolección u obtención], centralice, clasifique y verifique todas las informaciones que interesen al orden público y a la seguridad interior y exterior del Estado”. También se señalaba que, ante casos de alteraciones al orden público, de la estabilidad institucional y contra la seguridad del Estado, se podría requerir el uso de las Fuerzas Armadas. Este órgano de inteligencia, habilitado con amplias facultades para actividades de inteligencia, tenía un carácter civil. El expresidente Siles, el primer mandatario boliviano elegido por sufragio universal (1956), tomó esta decisión en un escenario de compleja gobernabilidad, caracterizado por la estabilización monetaria, el ajuste económico, la agitación social, huelgas y protestas, facciones políticas e intentos fallidos de golpe de estado perpetrados por el Ejército boliviano, lo que generó tensiones entre civiles y militares.
Mucha información útil fue recabada a través de la legación diplomática peruana en Bolivia, indicando la relación entre los grupos insurgentes bolivianos y sus pares peruanos, que además del contrabando de armas en la frontera común, buscaban preparar conjuntamente actos violentistas. Bolivia fue el país precursor en América del Sur al crear una organización de inteligencia nacional de nivel político-estratégico dentro de un régimen democrático, a diferencia de otros casos:
| País | Año de Creación | Nombre de la Organización | Tipo de Régimen al Crear | Liderazgo Inicial |
|---|---|---|---|---|
| Perú | 1960 | Servicio de Inteligencia Nacional (SIN) | Democrático | Militar (Ejército) |
| Bolivia | 1959 | Dirección General de Informaciones y Seguridad del Estado | Democrático | Civil (Ministerio de Gobierno) |
| México | 1947 | Dirección Federal de Seguridad (DFS) | Democrático (partido único) | Civil (Presidente Civil) |
| Argentina | 1946 | Coordinadora de Informaciones del Estado (CIDE) | Democrático (Perón) | Militar/Autoritario |
| Brasil | N/A (se menciona SFICI) | Serviço Federal de Informações e Contra-Informações (SFICI) | Dictadura Militar (Dutra) | Militar |
| Colombia | 1953 | Departamento Administrativo de Seguridad (DAS –SIC) | Dictadura Militar (Rojas Pinilla) | Militar |
Ciertas élites políticas y académicas sostuvieron que los servicios de inteligencia latinoamericanos fueron dominio exclusivo de los militares y las Fuerzas Armadas. Sin embargo, lo desarrollado en esta investigación demuestra que esta afirmación carece de sustento histórico, debido a los orígenes de la inteligencia durante regímenes democráticos en los casos citados. Cabe destacar que los servicios de inteligencia creados en regímenes democráticos por gobiernos civiles también fueron, en muchos casos, represivos y con acciones contrarias al respeto por los derechos fundamentales de las personas.
En julio de 1956, la Cumbre de Panamá reunió a presidentes de la época, en su mayoría dictadores militares de facto, que utilizaban la inteligencia como policía política para contrarrestar a los opositores. En esta cita se aprobó la “Declaración de Panamá” con el fin de fortalecer la paz, la seguridad y la consolidación de la democracia en el hemisferio. Curiosamente, solo los mandatarios Siles (Bolivia) y Prado (Perú) fueron elegidos mediante voto popular y, además, eran hijos de expresidentes en sus respectivos países. Alternaron con figuras de la denominada “legión anti-comunista” como Anastasio Somoza García (Nicaragua), Alfredo Stroessner (Paraguay), Fulgencio Batista (Cuba), Carlos Castillo Armas (Guatemala) y Marcos Pérez Jiménez (Venezuela). En este contexto, las decisiones de Siles en Bolivia (1959) y Prado en Perú (1960) demostraron una acertada predicción y anticipación de apreciación estratégica al crear sus respectivos órganos de inteligencia, justo antes de la aparición de las guerrillas insurgentes apoyadas y promovidas por Cuba, independientemente de los cuestionamientos que pudieran tener los mandatarios.
La Experiencia Mexicana
México, con su política exterior basada en el principio de no intervención (Doctrina Estrada), fue un foco silencioso en la perspectiva del conflicto Este-Oeste tras la Segunda Guerra Mundial. A pesar de su democracia de partido único (con el Partido Revolucionario Institucional - PRI) y su neutralidad manifiesta, mantenía una abierta y formal relación con la ex Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), cuya legación diplomática en Ciudad de México era muy importante.
En este contexto, se entiende la creación de la Dirección Federal de Seguridad (DFS) por el presidente civil Miguel Alemán Valdés en 1947. México recibió un fuerte apoyo de sus contrapartes norteamericanas, particularmente de una naciente Central Intelligence Agency (CIA) y del Federal Bureau of Investigation (FBI), que ya operaba en el país. Desde 1947, con la promulgación del Acta Truman, se consolidó todo el andamiaje estatal de entidades como el National Security Council (NSC) y el Departamento de Defensa, en un contexto de división del mundo en esferas de influencia. Las buenas relaciones y afinidades entre los mandatarios Miguel Alemán y Harry Truman fueron clave para esta colaboración en el ámbito de la seguridad.

En este escenario, debe valorarse la presencia del oficial peruano Juan Bossio Collas como agregado militar en la embajada de Perú en México. Este es un ángulo poco estudiado sobre cómo influyó ese país en la creación del SIN peruano. La misión de Juan Bossio en México habría sido analizar el proceso de institucionalización de la inteligencia mexicana al final de la Segunda Guerra Mundial y el inicio de la Guerra Fría, pero especialmente, la influencia, modelo y orientaciones que los Estados Unidos de Norteamérica iban adquiriendo en tal proceso, con miras evidentes a esbozar algo similar a lo que finalmente sucedió en el Perú en 1960 con la creación del SIN.
Focos Insurreccionales y Estrategias Contrasubversivas
En Perú, los primeros brotes insurreccionales fueron protagonizados por el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y el Ejército de Liberación Nacional (ELN). Estos movimientos fueron abatidos durante el primer gobierno constitucional de Fernando Belaúnde Terry. Figuras clave en esta lucha fueron el general Julio Doig Sánchez (primer Jefe del SIN y Ministro de Guerra de Belaúnde) y el general Armando Artola Azcárate, quien fue jefe de Inteligencia del Ejército (entonces Servicio de Inteligencia del Ejército-SIE) y plasmó su experiencia en la lucha contra la guerra no convencional (GNC) de esa “primera subversión” peruana en su libro “Subversión” (1976).
A partir de 1966, Ernesto “Che” Guevara eligió Bolivia como “blanco-objetivo” y plataforma para iniciar la insurrección foquista, conformando el ELN boliviano, con conexiones peruanas. Tanto los brotes de insurgencia peruana como boliviana enfrentaron acciones contrasubversivas, implementadas con el apoyo operativo y material de los organismos de seguridad oficial de los Estados Unidos de Norteamérica, especialmente en el caso peruano. Se hizo evidente que los discursos y promesas políticas eran difíciles de materializar.
A través de la Alianza para el Progreso del entonces Presidente John F. Kennedy, se buscó arremeter contra las condiciones socioeconómicas de la pobreza, consideradas el caldo de cultivo para la aparición de insurgencias armadas. Esto implicaba trabajar en los campos o dominios no militares de la seguridad nacional, vinculados con el desarrollo. Esta estrategia marcó matices diferenciados entre republicanos duros y demócratas progresistas en las sucesivas administraciones de Eisenhower y Kennedy, como una forma de cooperar y enfrentar la subversión.
Los servicios de inteligencia boliviano y peruano, precursores de inteligencia en democracia en Sudamérica, fueron creados en función de los enemigos internos, la contrasubversión y una doctrina de seguridad nacional clásica con marcada dependencia militar y policial. Esto se debió a que, en esos momentos, era imposible diseñarlos a la luz de un “think-tank” para la prospectiva contemporánea que elaborara inteligencia estratégica para la toma de decisiones, o moldearlos burocráticamente con una presencia mayoritaria de analistas de inteligencia civil. Edgardo Mercado Jarrín, oficial del arma de artillería, jefe de Inteligencia en el Ejército (SIE) y colaborador en la planificación del golpe de estado de Velasco, publicó “Seguridad, Política y Estrategia” (1974). En esta obra, sostuvo la reformulación de la visión clásica de la doctrina de inteligencia norteamericana perfilada por Kent y Platt, dándoles un perfil operativo relacionado con la lucha contra la subversión, con base en la tesis de una inteligencia pulcra, objetiva y enfocada en el frente externo. Sin embargo, esta visión resultó insuficiente para países latinoamericanos azotados por el novísimo fenómeno y la envergadura de la guerra subversiva, ya que el entrenamiento antisubversivo del Ejército fue primordial para combatir los movimientos guerrilleros.
La X Conferencia de Ejércitos Americanos (CEA) de Caracas de 1973 representó un escenario de clara división del pensamiento militar latinoamericano. Por un lado, Edgardo Mercado Jarrín, desde Perú, esbozó planteamientos desarrollistas y autonomistas, con una cercanía evidente a su par argentino Jorge Raúl Carcagno. Esta postura se contrapuso a una posición tradicional y de línea dura de Brasil, que consideraba al comunismo como la primera prioridad de amenaza a la seguridad hemisférica. Perú y Argentina coincidieron en la necesidad de la reforma del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) de 1947, y en diseñar un nuevo sistema de seguridad y defensa regional adaptado a las necesidades propias. Carcagno en Argentina realizó el célebre “Operativo Dorrego”, donde militares argentinos conjuntamente con la Juventud Peronista colaboraron en una acción cívico-militar en favor de los afectados por las inundaciones en Buenos Aires en 1973. Aunque posiblemente este operativo buscaba hacer reconocimiento del enemigo, al mismo tiempo lo desprestigió frente al presidente Perón y al Ejército argentino debido al acercamiento con la guerrilla.
El Legado de la Marina de Guerra en la Inteligencia
La cultura de inteligencia, entendida como los conocimientos que la sociedad debe tener sobre un servicio de inteligencia y que se promueven a través de la divulgación y formación en estas materias, encontró un espacio fructífero en la Revista de Marina entre las décadas de 1950, 1960 y 1970. Esto ocurrió después de que, en la década de 1940, la Marina de Guerra del Perú creara la Dirección de Radio-Inteligencia Naval (DRIN) con el apoyo de la US Navy. La DRIN se especializó en criptografía, siendo el oficial Guillermo de las Casas Frayssinet (1952) uno de sus precursores, quien desarrolló toda su carrera profesional en el campo de la inteligencia y cuyo trabajo “Criptoanálisis” fue publicado por la Revista de Marina cuando era Capitán de Corbeta.
La entonces Policía de Investigaciones del Perú (PIP) replicó la técnica de criptografía, y por esa época el general Hércules Marthans Garro (1958) elaboró el primer manual de criptografía. Guillermo Faura Gaig, siendo Contralmirante y Director de Inteligencia Naval en 1969, llegó a ser Comandante General de la Marina de Guerra a mediados de la década de 1970. Publicó el libro “El Mar peruano y sus límites” (1977), convirtiéndose posteriormente en precursor de la demanda marítima sobre límites en el dominio marítimo sur con Chile ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ) de La Haya.
El Capitán de Navío AP Alejandro Valdivia Pedemonte, sub-Director de Inteligencia naval y jefe de la Escuela de Inteligencia de la Marina de Guerra, publicó en 1973 en la Revista de Marina su célebre trabajo “¿Qué es un servicio de inteligencia?”. De esta forma, dentro de la Marina de Guerra del Perú, como rasgo distintivo en la inteligencia de esta arma, se consolidaron las técnicas de comunicaciones y la inteligencia de señales (SIGINT), que es la obtención y procesamiento de toda información que se obtiene de interceptar y descifrar señales y transmisiones de cualquier tipo. También hubo una importante producción académica y doctrina de inteligencia estratégica y nacional que contribuyó al proceso de producción de inteligencia para los gobiernos de turno.
El Teniente Primero AP Juan Almendrades Heredia (1972) publicó un ensayo denominado “El sistema de inteligencia norteamericano”, donde analizó la estructura de las diversas agencias especializadas y la coordinación interagencial en Estados Unidos, en pleno gobierno republicano liderado por el presidente Richard Nixon y con Henry Kissinger como su Consejero de Seguridad Nacional. Alejandro Valdivia Pedemonte publicó “Espionaje” (1974), complementado posteriormente con “Sabotaje” (1976), obras en las que referenció las obras de Sherman Kent y Washington Platt. Sus “Operaciones Psicológicas” (1979) es el resultado de sus aportes sobre inteligencia publicados por la Revista de Marina en la década de 1970. Asimismo, Oscar Brain Canepa publicó “Criptografía, un mensaje inocente” (1979), también en el área de criptografía naval. Toda esta producción académica fue crucial en la preparación para enfrentar los nuevos retos contra la subversión y en el desarrollo de las propias tareas de inteligencia.
Década de Turbulencias: Golpes, Guerrillas e Inteligencia
La década de 1960 fue un período de especial turbulencia interna en el Perú, marcada por dos golpes militares significativos: el de 1962, que derrocó al presidente Manuel Prado y Ugarteche; y el de 1968, que depuso al presidente Fernando Belaúnde Terry. Además, las guerrillas del MIR y el ELN fueron el corolario de un proceso insurreccional iniciado en esos años.
En el marco hemisférico, se expandió intensamente la revolución cubana liderada por Fidel y Raúl Castro. La Guerra Fría y la división del mundo en “esferas de influencia” entre el comunismo soviético y el capitalismo americano, junto con la aparición de la guerra no convencional en la región latinoamericana en su versión foquista y guevarista, influyeron profundamente. Esto se manifestó con la incursión del “Che” Guevara en Bolivia, las insurgencias en Venezuela, Perú y Ecuador, y la reconversión y faccionalismo del Partido Comunista de Colombia hacia las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).
Durante la Junta Militar de Gobierno de 1962, se creó el Instituto Nacional de Planificación (INP) con el fin de conformar un esquema que relacionara la seguridad nacional con el desarrollo. Se asumió la teoría de la “zanahoria y el garrote” para proyectar una doctrina de contrainsurgencia (COIN) ante los insurgentes, con marcada influencia norteamericana, pero especialmente francesa. En sus inicios, la única arma de respuesta a dichas insurrecciones fue la represión.
Por aquel entonces, Enrique Gallegos Venero, un oficial del Ejército con una impresionante carrera militar, cobró protagonismo al combinar una trayectoria de acción contrainsurgente, fruto de su formación en Francia bajo la inspiración y experiencia del general Raoul Salan en Argelia. Gallegos impulsó la Escuela de Inteligencia en el Ejército (actualmente, la EIE). Además, fue jefe del Instituto Nacional de Planificación (INP), jefe de Inteligencia del Ejército y también jefe del SIN. Como Ministro de Agricultura, impulsó la reforma agraria. Su figura representó una síntesis clara de hacia dónde se movían los vectores de respuesta institucional y de corte integral contra el fenómeno subversivo de la GNC, ya que Gallegos consideró que los proyectos socioeconómicos de La Convención y Lares harían una contraofensiva contra la subversión interna. Por ello, sostuvo que era fundamental conseguir el apoyo de la población y que no bastaba solo con destruir o paralizar a los subversivos. El entonces general de brigada EP Carlos Linares Molfino, persona de confianza del entonces presidente Belaúnde, apoyó al entonces Ministerio de Gobierno y Policía en ciertas acciones de combate contra la insurgencia, lo que implicó incursionar en los campos no militares de la seguridad a mediados de la década de 1960.
El pragmatismo y el realismo político (realpolitik) en la actividad de los organismos de inteligencia en el Perú se vieron reflejados en el golpe militar del 3 de octubre de 1968, que contó con la participación del servicio de inteligencia. Al momento del golpe, la jefatura del SIN se dividió: el general EP Carlos Linares, en apoyo al depuesto Fernando Belaúnde, y la sub-jefatura a cargo del coronel EP Eduardo Segura Gutiérrez, quien se plegó al golpe y asumió la jefatura del SIN durante el GRFA del general Velasco.
La Dimensión Represiva: Relaciones con Argentina y Chile
El periodo de los años sesenta y setenta en los militares peruanos no fue solo de reformismo y progresismo nacionalista al estilo nasserista, ni exclusivamente de desarrollo nacional o acciones cívicas para alcanzar la justicia social. Los servicios de inteligencia también devinieron en aparatos represivos con alcance internacional.
A fines de agosto de 1975, el general Francisco Morales Bermúdez Cerruti, tomó el poder en un golpe militar conocido como el “Tacnazo” (por haberse dado en la ciudad sureña de Tacna, limítrofe con Chile), desplazando al general Velasco. Este golpe dio un giro conservador a la “segunda fase” del GRFA, apartando del poder a los militares peruanos del ala progresista del Ejército que apoyaban el régimen de la “primera fase” del GRFA.
En el contexto de históricas relaciones de afinidad con sus pares argentinos y en plena geopolítica regional de los años setenta, que incluyó la crisis argentino-chilena por la disputa de las islas del canal del Beagle (1977-1978) y el centenario de la Guerra del Pacífico (1979), que enfrentó a Chile contra Perú y Bolivia en el siglo XIX, Morales Bermúdez mantuvo estrechas relaciones con el gobierno de la Junta Militar encabezado en su primera versión por el general Jorge Rafael Videla. Numerosas visitas oficiales recíprocas a Lima y Buenos Aires entre ambos mandatarios se dieron en el período de 1976 a 1980, así como entre otros jerarcas militares, entre ellos, el ex jefe del Ejército peruano Pedro Richter Prada y el argentino Leopoldo Fortunato Galtieri. Todo esto ocurrió en el contexto del apogeo en el cono sur americano de la represiva Operación Cóndor, un esquema de coordinación entre las inteligencias militares y Fuerzas Armadas de los países del área sur de Sudamérica. Así, el Batallón de Inteligencia N° 601 del Ejército de Argentina actuó en territorio peruano en operaciones contrasubversivas contra elementos del movimiento “Montoneros” en la denominada “Base Lima”, quienes fueron capturados en Lima porque planeaban acciones desestabilizadoras contra la dictadura militar de Jorge Rafael Videla.
Desde el punto de vista de inteligencia, cabe resaltar la lectura de un documento encontrado a inicios de la década de los noventa en Paraguay en los denominados “Archivos del terror” o archivos del Paraguay de Martín Almada. Según Juan Schroth, ex jefe de Inteligencia durante el gobierno del expresidente Morales Bermúdez, Perú sí participó en la Operación Cóndor, aunque dicha participación fue desmentida por el mismo expresidente. Al respecto, y contextualizando la relación entre el expresidente Morales Bermúdez y Juan Schroth Carlín, su entonces jefe de Inteligencia Nacional del SIN, está bien reseñada por el propio consumidor del producto de inteligencia: Morales Bermúdez se expresa de Schroth como un “hombre trejo”, “como tiene que ser el jefe de ese servicio”, y con quien se reunía quincenalmente. Morales Bermúdez refiere que recibía en el despacho presidencial desde el SIN informes diarios breves, semanales, de visión de conjunto, y otro mensual documentado y analítico, que era “necesario leer con calma”, y que los “asuntos sindicales” ocupaban una parte considerable. Además, calificó dichos documentos como “informes valiosos para la tarea de gobierno”. Señala que el estilo de su relación con Schroth era de “conversación franca” y que luego sería reemplazado por el general Mario Villavicencio Alcázar, en las postrimerías de su gobierno.
Una tesis contemporánea esbozada en el Perú sobre la participación de la segunda fase del GRFA, presidida por Francisco Morales Bermúdez, en la Operación Cóndor, sustenta un punto intermedio: formalmente, Perú no fue parte ni integró tal operación interestatal represiva; pero sí hubo una estrecha cooperación militar bilateral con Argentina. Uno de sus artífices más representativos, desde la perspectiva peruana, fue el general Luis Cisneros Vizquerra, apodado como “el gaucho Cisneros” y considerado en predios militares peruanos como “argentinófilo” debido a que estudió toda su carrera militar en la Argentina como egresado del Colegio Militar de la Nación, y fue Ministro del Interior (1976-1978) durante el régimen militar de Morales Bermúdez. La Marina de Guerra del Perú, por su parte, mantuvo una clara división institucional respecto del GRFA, particularmente en su primera fase (1968-1975).
La alta oficialidad naval se dividió. Por una parte, el almirantazgo pro-reformista y de apoyo al régimen de Velasco, liderado, entre otros, por los almirantes Jorge Dellepiane Ocampo, José Arce Larco, Guillermo Faura Gaig y Alberto Jiménez de Lucio, quienes se enfrentaron a un grupo conservador y tradicionalista, especialmente opuesto al establecimiento de relaciones diplomáticas e interacción con Cuba. La figura más emblemática fue el almirante Luis Vargas Caballero, quien como Ministro y Comandante General de su arma fue relevado en 1974 del cargo por Velasco al entrar en clara disidencia y oposición a ciertas medidas del gobierno, como la expropiación de los medios de prensa nacional. Sin embargo, Vargas Caballero fue el último Ministro de Justicia de Velasco a fines de los años sesenta y Ministro de Vivienda y Construcción a principios de los setenta.
Preguntas Frecuentes
- ¿Cuándo y por qué se creó el Servicio de Inteligencia Nacional (SIN) en Perú?
- El SIN fue creado el 27 de enero de 1960 durante el gobierno de Manuel Prado y Ugarteche. Su creación respondió a la necesidad de contar con un organismo de inteligencia nacional en el contexto de la Guerra Fría y la creciente amenaza de la subversión interna, buscando una mejor articulación de la seguridad nacional.
- ¿Cuál fue la influencia de Estados Unidos en la formación de la inteligencia peruana?
- La influencia estadounidense fue significativa, especialmente a través de la capacitación de oficiales peruanos en centros como Fort Holabird, el Special Warfare Center and School y la Escuela de las Américas. Estas formaciones impartieron doctrinas de seguridad hemisférica, entrenamiento contrasubversivo e ideas sobre acción cívica y desarrollo económico.
- ¿Qué papel jugó el Centro de Altos Estudios Militares (CAEM) en el pensamiento de inteligencia?
- El CAEM, fundado en la década de 1950, fue un “medio catalizador” que cristalizó una actitud modernizadora en los oficiales militares peruanos. Desde allí, el general Marcial Romero Pardo impulsó la necesidad de vincular la seguridad con el desarrollo nacional y de enfrentar la guerra no convencional, sentando bases para la inteligencia estratégica.
- ¿Cómo se vinculó la inteligencia peruana con la lucha contra la subversión?
- Desde sus orígenes, la inteligencia peruana estuvo fuertemente orientada hacia el frente interno y la lucha contrasubversiva. Se adaptó para analizar problemas sociales, recolectar información de la población y desarrollar estrategias integrales contra movimientos como el MIR, ELN, y posteriormente, Sendero Luminoso y el MRTA, incluyendo la creación de la Escuela de Inteligencia Nacional.
- ¿Participó Perú en la Operación Cóndor?
- Existe un debate sobre la participación formal de Perú en la Operación Cóndor. Aunque algunos documentos sugieren su implicación, el expresidente Morales Bermúdez lo negó. Una tesis intermedia señala que, si bien Perú no fue formalmente parte de la operación, sí hubo una estrecha cooperación militar bilateral con Argentina en el contexto de acciones represivas.
Conclusiones
El surgimiento y evolución de las organizaciones de inteligencia en el Perú, al igual que en otros países de la región, se enmarcó en el complejo contexto de la Guerra Fría, la contención al comunismo y las recurrentes crisis políticas internas y externas. La influencia militar fue un factor determinante en la creación de estas entidades, reflejando una concepción de la seguridad nacional que trascendía los límites tradicionales de la defensa.
Gracias a la influencia de las escuelas de formación de misiones militares extranjeras, el pensamiento castrense peruano integró la idea del crecimiento y desarrollo nacional como pilares de la seguridad, materializado en la formación académica impartida en el Centro de Altos Estudios Militares. Es relevante destacar que los servicios de inteligencia analizados para los casos de Bolivia, Perú y México fueron creados durante regímenes democráticos, lo que contrasta con sus pares argentinos, brasileños y colombianos, cuyos servicios tuvieron un origen en dictaduras militares o, aun con inicios democráticos, exhibieron un neto liderazgo militar.
En materia de inteligencia, la producción académica inicial de militares entrenados en escuelas de formación extranjeras generó un corpus de conocimiento invaluable dentro de los institutos castrenses, como lo demuestra el caso de la Marina de Guerra del Perú con sus publicaciones sobre criptografía, inteligencia de señales y estrategia. Actualmente, este campo se ha expandido como área de investigación para profesionales civiles como abogados, politólogos y sociólogos, complementado por las capacitaciones ofrecidas a través de las respectivas escuelas de inteligencia.
El desarrollo de la inteligencia peruana estuvo profundamente ligado a la percepción de los militares sobre el desarrollo nacional, las acciones cívicas, la justicia social y, fundamentalmente, su contribución a la lucha contra la subversión. Los focos subversivos que fueron derrotados o reprimidos desde la década de 1950 con apoyo militar, hoy día resurgen o se renuevan bajo nuevas formas, constituyendo desafíos constantes para la comunidad de inteligencia y un campo fértil para futuras investigaciones.
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